jueves, 11 de octubre de 2012

Mi abuela y la guerra



Las abuelas adoran charlar, esto se sabe, es casi una tradición, hablan y hablan y no hay nada ni nadie que las pare, ni un tren de alta velocidad podría con ellas, es increíble. Yo recuerdo la mía y era todo una locomotora: y venga hablar de la guerra, y eso y lo otro mientras yo procuraba leer en paz a mi amado Stephen King pero no había manera, la voz de mi abuela lo podía con todo, hasta con el canto de los pájaros del jardín que habían parado sus melodías en un silencio  misterioso como escuchando sus historias de familias destrozadas, vidas aniquiladas, rutas y calles y ciudades abiertas como grandes pozos heridos. Mi abuela tenia, hay que reconocerlo, mucha imaginación, casi o mas que el maestro King. Y hablaba mientras tejía y también decía cosas extrañas como que en la guerra no solo quedan muertos en el suelo, no hija mía, lo que queda también son fantasmas. ¿Fantasmas? preguntaba yo extrañada. Sí, fantasmas, decía ella con ímpetu, y muy potentes y vagan, vagan sin cesar en esto que vosotros llamáis tiempo linear pero ¡ojo! ¡de linear nada! El tiempo, repetía mi abuela, es todo menos una serie de acontecimientos. El tiempo es circular, repetitivo y con varias capas, el tiempo  se olvida a veces de que “las cosas ya han ocurrido”. Yo la miraba con curiosidad. Ya veras, insistía mi abuelita. Ellos están, estos fantasmas, y caminan entre nosotros y cuando menos te lo esperas toman posesión de lo que fue, vuelven con sus historias inacabadas, insisten en replantearse en este momento, este tiempo. Ya veras, decía ella mirándome de reojo.