viernes, 7 de diciembre de 2007

Mi amiga Luisa y los rusos



Siempre recordaré el día en que Luisa apareció en mi vida. Fue un viernes magnifico. Digo magnifico y es que yo estaba leyendo a Erica Jong y cuando yo leo a la señora Jong todo me parece magnifico, todo lo que me rodea se llena de una alegría vital, lunar, sensual. Y entonces soy capaz de enfrentar la vida con más agilidad y más fuerza.

Yo leía, sentada en aquella cafetería del centro de la ciudad. Eran tiempos navideños y había mucha gente, ya nerviosa, histérica y estresada, preparándose para las compras. Pero yo pasaba de todo. Yo solamente respiraba las poesías de Erica, poesías que hablaban de su gran pasión por algunas escritoras, entre ellas Colette. ¿Cómo era posible? ¡Una americana que adoraba a Colette!

- Esta mujer, dijo una voz enfrente de mí, en la otra mesa, esta mujer habría que hacerle una estatua, por los cojones que tiene. De ella todas tendríamos que aprender y verías como habrían menos asesinatos de mujeres.

Y fue al levantar los ojos que vi por primera vez a Luisa. Su mirada verde me fijaba con mucha intensidad, y esto me gustó, esta intensidad. Se levantó, se acercó a mi mesa, se sentó enfrente de mí y me ofreció un cigarrillo largo y fino, un cigarrillo ruso y lo acepté porque a mí también me gustan los cigarrillos rusos.

- Es una gran admiradora de Colette. ¿La conoces?

La conocía. Y se había leído toda su obra, y cuando tenía frío, un frío interior que ninguna calefacción del mundo puede quitarte, tomaba uno de sus libros y entonces la sangre volvía a moverse con más energía. Sus dolores de cabeza, sus dolores anímicos, sus reumas, todo se le iba leyendo a Colette.

Esto me gustó de Luisa, y muchas cosas más, que iría descubriendo a lo largo de nuestra amistad. Por ejemplo sus pasteles de queso, que producían en mí como un trance hipnótico. O sus dibujos de animales abandonados, que se unieron perfectamente a mis fotos de perros callejeros. Ella los dibujaba con una delicadeza muy fina, casi etérea, y así, decía ella, tengo la impresión que no sufren tanto, o que el sufrimiento yo puedo como calmarlo, a mi manera. Yo en cambio fotografiaba a mis perros con rabia, desde mi mirada vitriólica, mostrando el dolor sobre todo en sus miradas. Hasta en esto nos completamos.

En cuanto al tema delicado de los hombres pensábamos de la misma manera, viéndolos como formas más bien abstractas, insustanciales, de perfil equívoco y yo diría hasta sospechoso. Nos gustaban, como habían gustado a Erica Jong, y a Colette. Con pasión, fuerza, vitalidad. Pero llegaba siempre un momento en que algo fallaba, la tensión se rompía, y acababa todo en un suspiro, a veces, casi todas las veces, en un suspiro de alivio.

- Menos con el ruso, dijo de repente Luisa y el color que tomaron sus ojos me recordaron entonces al de las hojas de la Belladona, esta planta peligrosa e intoxicante pero que las mujeres italianas utilizaban para abrillantar y agrandar las pupilas de sus ojos. El ruso es otra cosa…

- ¿Un ruso?

- Si, Igor Ivannovich. Ya sabes, los rusos son diferentes, como más evolucionados. Será porque en su país las mujeres han sido capacitadas para construir casas y conducir trenes, cosa que aquí ni en mil años.

Claro que lo sabia. Yo también, hacia bastante esto si, había conocido a un ruso, a un verdadero ruso cuando Rusia era entonces el país mas extenso del planeta, un ruso que sabía hablarme de la estepa y de sus tonalidades y de sus animales salvajes con una ternura casi femenina, y del viento, ah, el viento, que sabe acariciarte con sus voces suaves y misteriosas. ¡Y mi ruso se había llamado Ivannovich!

- ¿Un hombre muy alto, tipo oso polar? pregunté en un susurro.

- No, Igor es bajo y parece más un tigre que otra cosa. Tiene unos ojos rasgados, sus antepasados vivían en Mongolia.

Cerré el libro de poesías de Erica Jong y me quedé pensativa. El ruso, el oso ruso, aquel hombre había sido en mi vida como un relámpago, me había electrocutado pero no me había matado, al contrario. Su energía respetuosa hacia la vida, y pues hacia las mujeres, era electrizante, energizante, vitalizante. Muy pocos hombres dan esto, a las mujeres. Y me había ayudado a crecer, a andar mas recta, con mas estima de mi misma, me había reconciliado con migo misma… Pero como en todas las cosas de la vida, un día el ruso, con sus estepas mentales y sus animales salvajes e inteligentes, se marchó a sus tierras ocres y espaciosas dejándome sin embargo con mis fuerzas y con mis sueños.

Gracias Igor, por todo lo que fuiste, pensé en voz alta. Y Luisa me ofreció otro largo y fino cigarrillo ruso.

Hablamos de camas, aquella tarde de un viernes de diciembre. De camas, de hombres, de susurros, de cosas que se dicen en la penumbra. Y de cine. A Luisa le encantaban de una manera muy particular las películas de Federico Fellini, a mí de Luis Buñuel. Otro complemento. Aparte de su Igor, Marcelo Mastrioanni era su hombre, un tipo de hombre que le gustaba a Luisa.

- Siempre de dandi, de bel homme, de amante perfecto pero cuando llega el momento de tomar las riendas de un Pereira, por ejemplo, lo hace desde una humanidad tan entrañable.

- Cuando está en la playa, en Sostiene Pereira, y vemos a un Marcelo deformado por los años, obeso, viejo, saturado.

- Esto me gusta de él. Esto busco en los hombres: la capacidad de madurar con humildad y compasión.

Aquella mi tarde se transformó en una fiesta. Y desde entonces Luisa es mi mejor amiga.

2 comentarios:

Robert Mangan dijo...

Baraka;

Baraka is one of my most savoured movies!
It takes a sobering look at the world around us and leaves us with questions;
How did you come across it?

Please reply to the Baraka blog and check out my mad world mundo loco blog, if you have the time.

the Keltic man**

Lydia dijo...

Since Baraka was out I know this splendid movie. And I saw it in 70mm! Fantastic. This movie change my life. This movie made me feel human.

See you!

Lydia