jueves, 6 de diciembre de 2007

Una noche con Pedro




Ah, me gustaría decir que todos los hombres son como Pedro, como el Pedro que acaba de entrar en mi habitación, sonriente, feliz, su mirada azul de mar tranquilo.

Hacia tiempo que no veía a Pedro. Esta tarde ha venido a visitarme.

- ¿Y si fuésemos al cine? pregunta sentándose sobre la cama.

Hace tiempo que no he ido al cine con un hombre. Detrás de los ventanales se puede ver el cielo que a esta hora tiene tonos rosados. En silencio miramos un horizonte pintado como por una mano divina. Me gustaría que lloviese y tronase. Me encantan las noches rosa oscuro, las noches tiernas y turbulentas.

- No he visto la ultima película de Arcand, dice Pedro acariciando uno de mis gemelos.

- Yo sí, es muy buena. Vale.

Me levanto y la sombra de mi cuerpo se pasea por las paredes. La habitación está bañada por la luz suave de una vela que desprende el perfume de la lavanda. Mi cuerpo es como una gran planta, fuerte y viva. Verde debe ser mi sangre, verde y sabia.

Mientras me pongo el tanga y unos leotardos negros estudio a Pedro, el cuerpo de Pedro. Es bello y robusto, macizo, potente. Pero no es bello por esto. Es bello porque es el cuerpo de Pedro. Porque simplemente el cuerpo de Pedro es otra planta sobre mi cama de azur. Energía, imprescindible energía de la vida.

Un vestido rojo oscuro muy escotado. Me peino y mi pelo negro brilla en la tenue oscuridad. Mi cabello son algas que flotan en el aire desprendiendo una luz que los ojos no perciben pero que es. Este pelo que momentos antes Pedro ha tirado con sus dedos, con sus manos fuertes como la madera.

Somos energía, energía y vida, energía y luz sutil.

Un collar alrededor de mi largo cuello. Una mascara de cobre que, decía la bruja negra, llevaba suerte y fertilidad.

- Póntela un día de luna llena y escucharas las voces de las ranas...

Una pulsera en forma de serpiente. Un anillo con el símbolo de la espiral. Pedro sonríe.

En la calle, bajo el cielo que ahora es una capa negra y espesa, nos quedamos un largo rato oliendo el aire, oliendo la noche. Somos como dos animales que acaban de gozar de una unión terrenal, abierta y cerrada a la vez, una danza entre el Ying y el Yang. Las alas de mi nariz palpitan, el olor de la calle, fuerte y un poco amargo, la fragancia de Pedro, sal y agua y tan cerca, la mía... Hay poco trafico porqué en la tele dan un partido de fútbol. Hace frío, Pedro me rodea la espalda con sus brazos bondadosos.

En el coche me siento como dentro de una cueva. Escuchamos a Philippe Sarde y tengo la impresión de estar en otra ciudad, de vacaciones. Miro a Pedro que sin su uniforme parece más serio pero tambien más joven. Le acaricio la rodilla, símbolo según muchas tradiciones del poder del hombre, y Pline decía símbolo de potencia.

La noche, al lado de Pedro, me parece un espacio abierto, infinito, alegre. Iremos al cine a ver una película sobre el amor y la compasión, el amor y la amistad. El amor, la muerte y la vida. Y luego, quien sabe.