sábado 23 de mayo de 2009

Despues, la lluvia


Siempre recuerdo aquel mes como el mes del cambio, el mes que hizo de mí un ser adulto, al fin.


No es fácil hacerse adulto. Y sin embargo llega un día en que una se mira en el espejo: algo ha cambiado, ya no soy la misma. Una se mira en los sueños: ya no son los mismos, ahora son más claros, más nítidos. Una para de tener pesadillas.


Soñé entonces, recuerdo, en una habitación verde y un hombre me miraba sonriendo. Y decidí pues, con alegría y sabor, con valor, que a partir de entonces solo conocería a hombres buenos. Punto final a los hombres que no aman a las mujeres. A los cabrones, a los egocéntricos, a los machistas.


Hacerse adulta, pensé, quizás es parar de buscarse en los otros pero sí buscarme a mi misma. Es encontrarme y amarme a mi misma. Estos fueron los primeros pensamientos que tuve, aquel mes de agosto pegajoso y extraño, sin lluvia, sin sol. Estirada sobre la cama leía sin parar a Virginia Woolf, a Erica Jong, a Colette. Por las tardes salía con Firgoff y hacíamos largas marchas en el bosque que rodeaba la municipalidad, que me llenaban de una vitalidad calida y verde.


Y es que una siempre cambia, después de un aborto. Una tiene que cambiar. El aborto lleva el cambio en sí.


El aborto siempre ha existido, siempre existirá, como los políticos, la mafia, la miseria. El aborto hace parte de la vida y de la muerte, es un acto de vida y muerte. Y de mucha soledad.


Es un acto femenino, el aborto. Un acto que incluye el cuerpo de la mujer, su vida, su libertad. Nadie sabe lo que es un aborto, solo las mujeres que han abortado lo saben. Y las que abortarán.


Yo tuve un aborto, aquel mes de agosto húmedo y extraño, y no me arrepiento de ello y más, digo que el aborto hizo de mí una mujer más integra, más fuerte y más valiente. Y todo esto, la integridad, la fuerza y la valentía, no se adquieren con facilidad. Abortar no es fácil, es una decisión muy importante, en la vida de una mujer. Es, quizás, la decisión más importante que una mujer tiene que tomar, cuando se presenta la situación. Nadie, ni los consejos de los amigos, ni las leyes, ni las palabras vanas de los trabajadores del Estado, pueden o llegan a ayudar en la toma de la decisión. Una se encuentra, de golpe, ante el vacío, ante un precipicio, ante la nada.


Recuerdo esta nada… Esta Nada… Esta búsqueda en esta Nada. Perdida en medio de lo que de repente era mi vida como parada en un cosmos sin respuesta, pero un Cosmos de repente presente, conciente, vivo alrededor mío, vivo dentro de mí, un Cosmos posible e infinito. Tuve muchas conversaciones con aquellas células vivas en mi cuerpo, aquello que podría ser, aquello que me impedía ser. Flotábamos juntas, sin rumbo, en un océano de incertidumbres, de preguntas sin respuestas, de incógnitas. De repente reflexionaba sobre mi misma, de repente solo contaba YO, este yo insignificante pero un yo que quería ser conciente, conciencia. Ni padres, ni madres, ni amantes, ni amigos, ni libros, solo existía este dialogo en mi misma, en mi cuerpo, en mi existencia, conmigo y con lo que crecía dentro de mí, parte de mí, parte del Cosmos y de las estrellas.


La llamé Kioto, esta presencia sublime, esta fuerza que hacia de mí un ser flotando en el Cosmos. Kioto… Kioto, mi vida, mi amada Kioto… Han pasado muchos años desde aquel mes de agosto, y sin embargo sigo emocionada al recordar aquel contacto, que duró 3 semanas. Kioto, le decía, perdóname, perdóname de devolverte a este universo infinito y vacío. A esta Nada estelar.


Y aquel capullo de vida sé que me ayudó a tomar la decisión. Sé que aceptó el sacrificio.


A finales del mes de agosto, de un largo verano húmedo y pegajoso y extraño, un día, de repente, empezó a llover con fuerza, con truenos y relámpagos, a llover sin parar. Con Firgoff salí en la calle, y durante largos minutos estuve parada en medio de una agua que caía del cielo, del Cosmos, agua reparadora, agua que limpiaba y suavizaba. El perro ladraba de alegría, saltaba de alegría, era un perro que le gustaba el agua, un Labrador negro y fuerte que adoraba mojarse. Daba vueltas alrededor mío, como cantando. Yo no cantaba. Yo simplemente, Kioto, dejaba que el agua resbalase sobre mí.


miércoles 22 de abril de 2009

Un dia simple


Hoy es mi cumpleaños y he pensado mucho en mi madre. Ella, quien me dio la vida. Quien me dio la posibilidad de vivir, de crecer, de participar en este magnifico camino.


¿Tantos años ya? Pues si… y tan pocos. El tiempo pasa, corre, vuela.


Me hubiese gustado ir en algún museo en la capital pero no hay suficiente dinero. Tengo lo justo para la gasolina, los tiempos son duros, la crisis es dura. Sin embargo acepto las limitaciones de esta crisis, esto estoy aprendiendo con los años, acepto de vivir con simplicidad. No es fácil, ha habido tiempos mejores y habrán tiempos mejores y peores. Hay que aceptar lo que hay, este instante y solo él.


Este paseo con Laika, en el campo, es un buen regalo que me hago todos los días, y hoy es más precioso. Mirar a Laika correr y bailar sobre la hierva, sobre la piel peluda de este trozo de tierra; los pájaros, pocos, vuelan alrededor espantados por esta perra negra tan energética, este rayo negro que va y viene, este animal tan feliz y tan presente. Si alguien me preguntase quienes son mis Maestros diría sin pensarlo: los perros, mis perros. Ellos me enseñan la naturalidad, la paz, la aceptación del momento presente. Ellos, mis perros, son mis Maestros. Y Montaigne, claro.


Mi madre ya no está, se fue hace 5 años y me dejó sola, sola en este camino que es la vida. Dicen que el amor de los padres por sus hijos es el amor más grande que hay sobre la tierra. El Dalai Lama lo dice. Dice que hay que amar como aman los padres a sus hijos. Con compasión y paciencia, con sabiduría. Y sí, mi madre me amó mucho, mucho. Y yo sigo amando, mucho.


Hay una escena magnifica en la película del gran director de cine Andrei Tarkovski, Solaris, dónde un hijo se arrodilla y abraza, finalmente, a su padre. Pienso en esta película porque hace poco la volví a ver, una gran obra sobre la conciencia humana. Y arrodillarse y abrazar a tus padres es finalmente agradecer esta vida que tienes entre los brazos, este pedazo de tierra bajo tus pies, este sol, este cielo, y todo esto te es ofrecido gracias a tus padres. Y tus padres también son este pedacito de tierra que tus pies rozan, estas piedras más viejas que tus años de vida, estos insectos, este viento, este sol milenario, este cielo cósmico.


Laika salta como una gacela en este día de mi cumpleaños. Vamos andando hacia el pantano, descansaremos un ratito contemplando la vida palpitar bajo el agua verde y viscosa, miraremos con atención el palpitar de la vida de los insectos, de la hierva, del agua misma y luego volveremos tranquilamente a casa, haré un buen fuego en la chimenea, jugaré con Shiva y Zen, mis dos perritos de la pradera, escucharé música, leeré un poquito. Un día simple en un día de mi cumpleaños que acepto lo más simplemente posible.

viernes 17 de abril de 2009

Tú nunca irás a Paris



Tú nunca irás a Paris.



Esto ha dicho mi hermana y yo he sentido como un latigazo en la cara.



Como es posible que la gente diga estas cosas, pienso. Que hablen sin pensar, que hablen sin pensar en lo que dicen. O que piensen estas cosas y que las digan.



Mi hermana me ofrece su perfil, casi perfecto, su nariz a la Sissy Spaceck, un perfil bien diferente al mío, hasta el punto que de repente me pregunto si realmente somos hermanas. Somos tan diferentes, físicamente y tenemos un carácter tan a lo opuesto. Ella, por ejemplo, es una mujer casi perfecta. Digo casi para no decir totalmente aunque muchas veces lo piense: gana mucho dinero, tiene como esposo un Mr. Right, y cuando se compra un coche lo compra cash. Por otra parte cada verano se va de vacaciones. El año pasado estuvo en Escandinavia, el año antes en la Patagonia y este verano piensan ir a Paris, en el piso de una doctora amiga de mi hermana. De ahí que yo dijese que cuando yo vaya a Paris podría también alquilar dicho piso. Entonces mi hermana ha certificado:



“Tú nunca irás a Paris”.



Me enciendo un cigarrillo mientras reflexiono sobre estas palabras, esta sentencia. Ya que se trata de esto: de una sentencia. Y de una anécdota que dentro de unos meses me hará reír, pero que por ahora casi me hace llorar, lo que no hago y me aguanto las lagrimas, como una gran mujercita, y le pregunto a mi hermana el por qué yo nunca iré a Paris.



“¿Pero que no ves que no puedes? NO tienes dinero y además con todos tus animales y tu marido…”



Y ya estamos en las divisiones y clasificaciones. ¿Cuándo habremos aprendido a dividir y a separar? ¿En la escuela? ¿Mirando la tele, cuando apenas sabíamos leer? ¿En la cuna? Dividir es sentenciar, me dijo un día mi profesor de literatura medieval. Creo que estábamos estudiando a Montaigne. El recuerdo del señor Parc me hace sonreír, cuanta razón tenia el viejo francés. Los racistas también dividen: aquí estoy yo, raza superior, y aquí estás tú, larva. Y los padres también dividen, sin darse cuenta: esta niña es más inteligente que su hermana, y todas las tonterías que los padres hacen sin darse cuenta de las prisiones que están construyendo.



Mi hermana, seria, sigue mirando por la ventana. Se oyen las voces de nuestros maridos que están montando una mesa para la comida ya que el sol está muy fuerte, como un manto amoroso. El perfil de mi hermana me inquieta, me recuerda lo diferente que somos y la incapacidad que siempre he tenido de decirle lo que pensaba de ella, vanidosa y soberbia. Miedos que siempre he sentido porque detrás de ellos siento mi rabia y cuando la rabia aparece también viene acompañada de violencia. Y me da miedo mi propia violencia.



“Sabes, te pediría una cosa: que dejes en paz a mis sueños y que sí, algún día iré a Paris, te lo puedo asegurar.”


No me gustan las sentencias, los estereotipos, y a la vez sé que es inútil cambiar la visión de los otros, solo podemos cambiar nosotros mismos. Y que es importante soñar, este verme en Paris rodeada de inmigrantes de todas partes del mundo, de verme andando bordeando La Seine, o ratón que soy, en alguna librería de segunda mano, y en algún museo y también buscando dónde vivió Colette y sola, sin marido, sin perros ni gatos, sola y libre en París.

miércoles 8 de abril de 2009

El pequeño Dios de las cosas







Soy camarera de piso no por gusto pero por obligación. Es un trabajo duro, físico. Es un trabajo como cualquier otro y me gusta el horario. Además, trabajar en un hotel es muy entretenido, es como estar en un barco y muchas veces es un barco a la deriva.

Con los años he aprendido algo y es que el trabajo, sea cual sea, es un camino de aprendizaje.

Nunca hablo de esto con nadie, ni con mis compañeras de trabajo ya que ellas solo trabajan para ganar el sueldo y trabajan como en una prisión. Sienten que el trabajo es una cadena.

Mi trabajo es, para mí, una liberación. Y una de las razones de esto es porque soy capaz de ver el pequeño Dios de las cosas.

Tampoco hablo de esto con mi marido, del pequeño Dios de las cosas que hace de mi trabajo un camino muy especial. Mi marido es informático y es muy racional.

El pequeño Dios de las cosas es cuando hago las camas con cariño para que los huéspedes puedan tener una buena noche y se levanten de buen humor. Es fácil, es cuestión de ponerle atención. Atención en los gestos, por muy repetitivos que sean. Cuando el pequeño Dios de las cosas está presente nada es indiferente. Este pequeño Dios es alegría y atención.

Atención y alegría para que mi trabajo sea liberación.

El pequeño Dios de las cosas está en todas partes, en mi trabajo. En estas camas que hago, en el orden que pongo en la habitación, en la sincronía que procuro dejar, cuando cierro la puerta y paso a otra habitación. Sincronía, belleza, orden.

Mi pequeño Dios de las cosas me emociona, entonces puedo trabajar en paz, alegre. Los detalles, por muy insignificantes que parezcan, son suavidad y simplicidad. Me gusta la simplicidad, es reconfortante. Es la base de todo, creo. Es la base de la paz interior.

Simplicidad en lo que ven mis ojos cuando pongo orden en esta habitación de un desconocido. A veces es un libro, que acaricio con cariño cuando quito el polvo de la mesita de noche. Otras veces es una foto que el cliente ha llevado consigo, la foto de un hijo, de una novia, de un esposo. Me emocionan estos objetos que hablan de la vida. Me tocan hasta lo más profundo. Un pijama que pliego con suavidad, unos zapatos que enderezo, un osito de peluche que siento al lado de la almohada y que me habla de la inocencia, unas llaves que suavemente armonizo al lado de unos papeles. Perfumes y cremas de noche, a veces medicamentos, pinta labios, peines. Todo me habla de la vida, gracias al pequeño Dios de las cosas.

Otras veces es la energía de una habitación, que este Dios pequeñito me hace vibrar dentro de mí. Energía sutil que el cliente ha llevado consigo: energía amarilla, como si una luz habitase la habitación, energía gris cuando el cliente no está bien, energía roja, azul, energias inteligentes, otras un poco tristes.

Este pequeño Dios de las cosas no es tan pequeño como parece. Es inmenso, como el Universo. Yo lo vivo como un abrazo. Somos, los humanos, unos seres tan insignificantes frente a este Cosmos tan grande, frente a este abrazo tan grande y bello.

Y sin embargo hay grandeza en esta insignificancia nuestra. Hay majestad, hay palacios. Y todo esto, toda esta vida en lo más esencial e intimo, en lo vital y secreto, todo esto está en el pequeño Dios de las cosas.

sábado 29 de noviembre de 2008

La mirada de los hombres







Hubo un tiempo en que todo estaba regido bajo la mirada de los hombres. El andar, el vestir, el pensar, el decidir y hasta el ver, todo bajo esta luz solar que era la mirada de los hombres.

Y hubieron noches en que me miraba, desnuda enfrente del espejo ovalo, y me veía como ellos me veían. Las curvas de mi cuerpo, las entrañables formas, los recodos, los defectos, todo me parecía un reflejo de una mujer que solo la percibía unos ojos de hombre. Fuera de esta fuerza masculina yo no existía ni tampoco quería constar en ninguna parte.

Fueron tiempos de gran actividad, a la vez mental, sexual, emocional. Fueron años de inmensas experiencias, de crecimiento. Pero siempre bajo el poderío de la mirada de los hombres.

Un día, paseando a mi amado perro cerca del río St-Laurent, de repente tuve una visión: me vi en un jardín, rodeada de plantas, de gatos y de perros. Recordé a Colette, que decidió terminar su vida en una cierta paz acompañada de estas bestias que durante toda su vida la habían acompañado, perros queridos, amigos, gatos, tortugas, pájaros. Y yo me vi como Colette. Y esta visión, tan súbita, tan presente me dejó paralizada en medio de la calle, casi sin aliento. Mi perro se sentó al lado mío, esperando. Yo seguía viéndome en aquel jardín, y estaba sola. Quiero decir que no había ningún hombre. Me pregunté: ¿Se puede ser feliz sin un hombre? ¿Se puede vivir sin la mirada de los hombres posada sobre sí?

Empecé a llorar, en silencio. La respuesta, que era afirmativa, me hizo tomar conciencia de una etapa que estaba empezando en mi vida de mujer. Siempre es duro liberarse, crecer, embarcarse en una nueva experiencia. Y la vida de una mujer está siempre al alcance de nuevas etapas, etapas difíciles de entamar, etapas de gran fuerza interior.

Aquel día con mi perro y cerca del río más importante del Québec, recuerdo haber pedido, a las Diosas, de ayudarme en este nuevo camino que se abría delante. Quizás ya estaba cansada, en aquel momento, de la mirada de los hombres.

Mi amiga Luisa ha venido a pasar un fin de semana en casa, en el pueblo, y sentadas confortablemente sobre el sofá ,tomando un wisky caliente y acompañadas por nuestros amigos los gatos y los perros y un buen fuego en la chimenea, hablamos de aquel momento esencial en la vida de todas las mujeres, como una bifurcación, un cruce vital en el cual tenemos que decidir que camino escoger. En realidad este cruce aparece en el momento oportuno después de muchas experiencias. Y es bueno que aparezca.

Para Luisa fue el día en el que un hombre la dejó plantada en una habitación de un hotel, en las afueras de la ciudad. Dice que del susto se puso a reír y la risa se transformó en una especie de instrumento de liberación. Y entonces su vida se transformó: ya no hubieron más citas con desconocidos, en hoteles tristes. Y su vida se transformó porque ya no eran importantes estos encuentros. Otras prioridades aparecieron, otras inquietudes. Empezó a hacer Yoga, a pintar, a crear.

Para mí fue cuando decidí abortar. Luisa es la única que sabe de esta historia oscura en mi vida, el momento en que te planteas, como mujer, si darás a luz o no. Esta decisión, entre la vida y la muerte, es la más difícil que una mujer tiene que tomar. Un día leí en una revista feminista que muchas mujeres viven una experiencia metafísica y espiritual abortando. De repente, después de semanas de indecisión, de preguntas sin respuesta y de mucha soledad, la mujer que aborta se transforma. De niña inconciente se hace mujer madura, integra, presente. El precio es el sacrificio. Pero entonces llega una especie de libertad y de fuerza que lo abarca todo, hasta la vida y la muerte.

Ahora, le digo a mi amiga Luisa, ya no vivo bajo la mirada solar de los hombres. Ahora, y esto desde hace varios años, vivo bajo la mirada lunar de otras mujeres, Erica Jong, Germaine Greer, Marilyn French, Doris Lessing, Mary Daly, Gloria Steinem… En momentos de gran inquietud es hacia ellas que voy, buscando, preguntando.

Pero lo que cuenta no es ni la mirada de los hombres ni la mirada de estas amazonas valientes, sino la mía. Mi mirada sobre mí es lo único que cuenta.

domingo 9 de noviembre de 2008

Jean y una tarde de invierno




De repente lo veo acercarse hacia mí: es un chico alto y delgaducho con pelo largo y en su cara una sonrisa amable. Es una tarde de invierno y detrás de los ventanales de la parada de autobús el cielo ya está oscuro y sopla el viento de cristal.

- ¿Qué tal el viaje?

Que difícil es concentrarse en las reuniones familiares pienso mientras acepto la presencia del tío de mi esposo que se ha acercado hacia mí con toda su gentileza y su bondad. Deseo sin embargo estar en otra parte, sola.

- Bien, pero no me esperaba a tanto frío. Me había olvidado del clima de este país.

- Ya se sabe, dice Paul mirándome en los ojos con mucha ternura, esto no es un país, como dice el poeta, pero esto es el invierno.

Hace tantos años que ya no vivo en este país de estaciones inclementes, en este país de gran soledad espacial y triste. Cuando llegué a España, después de haber vivido aquí 30 años, tuve la extraña impresión que de nuevo corría mi sangre en las venas. Le digo a Paul lo duro que es vivir en un país nórdico. Me dice que todo es cuestión de costumbre. Y de aceptación.

- Pero el frío, el frío de aquí es casi inhumano, digo. ¿Cómo aceptar lo que es fuera del humano?

El frío aquí es como una carapaza que se va acumulando dentro de tí. Y uno acaba indefenso, prisionero de ella, en un calabozo de hielo.

Por eso, después de tres décadas, me marché. Y ahora he vuelto para el entierro de la madre de mi esposo. Estamos reunidos en un gran restaurante, yo espero sentada en la entrada, no tengo hambre y dejo pasar delante de mí a los familiares, gente que en el fondo no conozco, que casi nunca he visto. Aquí, como en todos los países nórdicos, las distancias son inmensas, casi inconmensurables. Apenas hay una relación intima entre los miembros de una misma familia. Solo en bautizos o en entierros se reúnen, vuelven a establecer un contacto, vuelven a hacer parte de una tribu. Me he encendido un cigarrillo y bebo a pequeños sorbos un gin con tónica que he ido a buscar antes en el bar. ¿Por qué lo recuerdo con tanta fuerza? Aquel momento en el que se acercó a mí, con su sonrisa buena y gentil, y sus palabras:

- Señorita, ¿se acuerda usted de mi? ¿Cómo esta?

Levanté la mirada hacia él, y en sus ojos vi como una gran expectación, un reconocimiento, una complicidad. ¿Quién era? Algo, si… una timidez absolutamente entrañable, la de un adolescente que ha crecido demasiado rápido y no sabe muy bien como andar, como acercarse, como hablar. Pero él ya no es tímido, casi ya no lo es, él, percibo, ya esta atravesando una barrera de incertidumbres, ya es más fuerte, mas valiente, por eso se ha acercado y me ha interpelado.

- Soy Jean, dijo. El de la clase 220. ¿Se acuerda? Pasamos el curso gracias a usted.

Mi marido ha venido a ver como estoy, si me encuentro a gusto, si necesito algo, si estoy bien. Mi marido es muy amable, siempre lo ha sido y siempre lo será. Es un hombre afable, cuidadoso, delicado. Sin embargo muchas veces lo mataría. Creo que todas las mujeres, en un momento dado, tenemos estas ganas terribles de asesinar a nuestros esposos, por muy buenos que sean y sobre todo si son buenos. Y tenemos ganas de irnos, volando, lejos, lejos, muy lejos de ellos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Tan difícil es romper vínculos? ¿Más difícil que irse de un país después de haber vivido en él 30 años?


Recuerdo, si, perfectamente ahora recuerdo como una gran oleada de satisfacción y más que eso, de reconciliación. La sentí en aquel momento, frente a Jean. Y la vuelvo a sentir ahora mientras miro a mi esposo dirigirse hacia el comedor con sus dos hermanos. El grupo 220, el que me habían atribuido para que aprendiese a utilizar mi mano dura, como profesora, sobre unos estudiantes con grandes dificultades de aprendizaje. Y fue todo lo contrario: fue mi mejor grupo, jóvenes amables y sencillos que no sabían muy bien que hacer de sus conocimientos, de sus cuerpos, de sus ideas. Fue el grupo que me dio aliento, mientras los otros, los que supuestamente eran normales, me estaban simplemente matando. Sí, el grupo 220 que sin embargo no logró hacerme seguir en el profesorado. Todo esto se lo dije a la directora, ahora recuerdo con cierto malestar, bajo su mirada de acero. Y ella me dijo que estos estudiantes no contaban. Y que por mucho que yo me hubiese dado a este grupo, la puerta se abría para mí, es decir que me echaba fuera de la escuela por no haber sido capaz de controlar a los estudiantes “normales”.

El chico, Jean, me mira con mucha candidez. Yo hasta diría con una cierta pureza. Me mira en los ojos, sin miedo. De repente he olvidado el frío de esta oscura tarde de un invierno que luego la gente llamaría “el invierno de la tempestad de hielo”. Estamos solos él y yo en medio de una nada de complicidad y cariño. Me dice que los otros del grupo están bien, entre ellos sus amigos Pierre, Benoit y François. No trabajan pero él sí, además Jean se acuerda que yo le había obligado a presentarse al examen. Se acuerda que yo le había puesto mi mano sobre el hombro y le había pedido que viniese a examinarse.

Pronto tendré que levantarme de este sillón tan confortable, tendré que hacer un buen papel, sonreír, asentir. Tendré que fingir. ¿Por qué habré tardado tantos años en darme cuenta de esta simple verdad? Que lo que cuenta son las pequeñas realizaciones, y nada más. El retorno a este país de nieve y de hielo me habrá entonces devuelto una certitud.

De repente Jean dice:

- Tengo que irme, mi autobús acaba de llegar. Le deseo una buena tarde. Adiós.

Se va. Largo y alegre, todo él, ondulante, flexible, suave. Como un ángel se va, como un ángel que tuviese otras citas en su agenda. Y yo me levanto para ir a reunirme con la familia de mi marido.

miércoles 10 de septiembre de 2008

Ousmane


Ousmane ha muerto.

Ousmane, amigo que no conozco, que nunca voy a conocer… Y sin embargo si, cuantas veces en mi vida me he cruzado contigo en ciudades que han recorrido mis pies, Ousmane con otros nombres, otras caras, otras sonrisas, Ousmane en las calles largas y rectilíneas de Montreal, temblando bajo la nieve y el hielo, el frío y la soledad en tu mirada, en tu cuerpo delgado y hambriento de una vida que creías encontrar, Ousmane en el metro de Paris, fatigados tus muslos, triste tu frente, Ousmane en Barcelona, huyendo de las multas por este afán tuyo de sobrevivir, Ousmane en Nueva York vendiéndome un paraguas, Ousmane en Santa Mónica pidiendo limosna, Ousmane en mi corazón, mi amigo que nunca llegaré a conocer porque una navaja a parado tu risa y tu amabilidad, Ousmane del Senegal, príncipe azul de piel de ébano, Ousmane sonriendo, trabajador valiente, bueno, simpático, dura e infatigable tu energía para luchar para tu familia allá a lo lejos, allá tan lejos, allá dónde solo llegará tu cuerpo duro e impenetrable, Ousmane que un día amé, un día yo también amé a un Ousmane que se llamaba Ibrahim, y otros que llegaban hasta mis sabanas azules en busca de calor y compasión, Ousmane de todos los Ousmanes, alga marina perdida en este mundo gris y duro, en este mundo tan seco, tan intransigente, tan, tan injusto, Ousmane buscando un sentido, un camino, tu camino mi querido Ousmane...

Ousmane: que las voces de las mujeres de tu pueblo chillen tu nombre sin parar, que chillen y se golpeen las caras tus madres y tus abuelas, yo desde aquí las oigo estas voces que chillan tu ausencia y tu presencia absoluta en el vacío. Que los dioses amparen a tus queridos, hermanos, sobrinos, hermanas, primos, abuelos, padres, que los dioses africanos te guarden ahora de toda la maldad del mundo, y que Allah acoja a tu familia a la que enviabas tu salario doblando tu espalda de seda. Ousmane, mariposa negra. Ousmane que asesinaron, del cual osaron, las malas lenguas, decir que traficabas con drogas, Ousmane del Senegal, mi hermano, mi amante, mi amigo. Ousmane ya no estás.

Han matado a Ousmane.