jueves, 25 de octubre de 2012

La importancia de las piedrecitas





Sentado en un banco de un parque el hombre, ya mayor, miraba con interés una piedrecita que había ido a parar entre sus dos pies, una piedrecita normal y corriente, oscura, irregular su forma. Parece mentira que no nos demos cuenta de la importancia de las piedrecitas, pensaba el hombre. Están aquí desde milenios, son más ancianas que nuestra especie animal y apenas las miramos. Sin embargo cada piedrecita tiene su propia historia, su destino casi eterno. Esta, la que el hombre miraba con interés, ¿cuanto tiempo es de su existencia? Cuantas historias alrededor de la piedrecita oscura entre mis dos pies, que miro con una especie de fascinación. Claro, claro, a Dingo le gustaba tanto que le tirase piedrecitas en el aire, él saltaba como un saltimbanqui, arriba arriba saltaba mi amado perro de orejas puntiagudas y hocico como muy esnob, mi amado Dingo que corría como una gacela en el campo verde (siempre lo recuerdo verde) y yo lo miraba como se estudian las más bellas pinturas de este museo que es la vida misma, corría y sus orejas apuntaban el cielo azul con unas nubes de miles formas, el campo verde nos rodeaba como una cúpula amable, yo tirándole piedrecitas que él buscaba como un cazador atento, piedras en el aire bailaban como bolas de cristal, las patas de Dingo levitaban, su cuerpo negro flotaba unos segundos en el aire y el tiempo entonces se ralentizaba, yo veía el brillo de su pelo moverse como algas, con una lentitud acuática, aquella energía luego se expandía, todo volvía a la normalidad, Dingo corría como un loco, ladraba con su voz de tenor, y ahora que cosa tan extraña, esta piedrecita tan común que nadie ve de repente parece un diamante pero deben ser mis lagrimas que hace que una simple piedrecita cambia de forma y luminosidad como mismo este corazón mío.