miércoles, 10 de octubre de 2012

La voz



Lo que más me gustaba eran estos encuentros improvisados dónde el griot cantaba unas extrañas  y bellas  melodías  y todos estábamos allí, en medio de algo que parecía un retorno a una tradición tan antigua y a la vez tan necesaria. Podían ser historias del pueblo, o del país o de una familia. El sentido de las palabras yo no lo entendía pero esto no importaba. Entre los vasitos de té yo escuchaba atenta aquella voz que subía y bajaba como el vuelo de un pájaro. Las horas pasaban fuera del tiempo. Los grupos estaban divididos, los hombres de un lado, las mujeres del otro. Sus risas, de ellas y ellos, me reconfortaban de algo que yo sabia era sano como es necesaria  el agua en el Sahel. Fue allí, en aquellas habitaciones húmedas y apenas bonitas que me enamoré de todo aquello. Era como volver a algo que había sido siempre mío, un camino que yo había de pronto encontrado, que yo siempre había buscado sin saberlo. Los niños afuera jugaban sobre un suelo polvoriento y sucio. Hoy me pregunto: ¿qué será de ellos? De aquellos amigos que con solo una sonrisa me abrazaron toda mi. ¿Y los niños? Ahora son adultos, si han sobrevivido a hambrunas o conflictos o simplemente a esta miseria que no nos atrevemos a mirar de frente. Muchas noches de insomnio me permiten visitarlos de nuevo, sea en sus calles abiertas a un sol herido y duro, sea en habitaciones donde el griot canta las antiguas epopeyas de un pasado o presente con sus tesoros y epopeyas, sus reyes y sus príncipes, aventuras y fatalidades. Sí, vuelvo a ellos como una retorna a sus propias raíces. Yo soy lo que fui en aquel lugar y la visión que tengo del mundo se afinó en aquel espacio que mi percepción sabe que existe porque existió. Si todo esto explota algún día y todo desaparece yo sé que seguirá cantando el griot, de su voz profundamente sabia,  la historia de la Humanidad.