viernes, 12 de octubre de 2012

La muerte de Franco




El día en que se anunció la muerte de Franco estábamos practicando La Zapatera Prodigiosa en un pequeñito teatro. Todos estaban frenéticos, incapaces de concentrarse enteramente en sus papeles. Alguien llamó por teléfono y vino corriendo. “¡Ha muerto!” Hubo como una gran consternación en el grupo. Luego, como por arte de magia aparecieron botellas de champagne. Lo que recuerdo de aquel día de otoño son las hojas húmedas del parque que rodeaba el teatro pero también la cara alegre de un amigo de mi padre, Pablo Velasco. Lo recuerdo tan claramente, como levantaba la copa brindando por algo que acababa de pasar y al mismo tiempo por algo que tendría que pasar: este sueño de una democracia, al fin. Todas estas cosas me parecían insólitas, yo era una adolescente que apenas sabía quien era Franco y tampoco me interesaba mucho en ello. Brindamos pues. Mi mirada de hoy se posa sobre la presencia de aquellos inmigrantes que salieron del país y que cada semana se reunían montando obras de Lorca y con la esperanza de guardar un poco algo que habían dejado lejos. Aquel día no había nada que los separaba de los otros españoles que también brindaban con champagne por un gran futuro que se anunciaba claro y nítido, bueno y rico, feliz y prospero y justo. Que inocentes que somos los seres humanos, después de todo.