lunes, 8 de octubre de 2012

El ultimo día de mi infancia




Yo recuerdo perfectamente aquel domingo, un día parado en el tiempo (porque se trata de esto) en los jardines del Hospital San Pablo, espacio donde tuvo lugar nuestra despedida, en familia, todos juntos, primos y tíos y mi madre tan bonita y triste ella también, la abuela, las hermanas de mi madre, todas tristes mientras nosotros jugábamos a indios y sheriffs pero sin ganas ya que fue el ultimo domingo antes de hacer el gran salto, como decía mi tío Daniel, nos perseguíamos entre los pabellones de arquitectura gaudiana, nuestras piernas como las de unas gacelas, pero era el ultimo día, yo lo sabia, todos lo sabíamos. Ya nunca más volvería a ver a mi tía Teresa, y los otros, aquellos que hacían parte de mi mundo y de mi vida, de esta esfera de una niña de 11 años, tampoco los volvería a encontrar. Los océanos separan hasta la eternidad. En la foto estamos todos los primos mirando, contemplando algo en el horizonte interno, si miro con la lupa veo el principio de una mueca triste sobre mi carita, algo que con el tiempo se transformaría en arruga perpetua. Aquí estoy hoy, mirando una ultima reunión de despedida de mi infancia. Dos días después subiríamos en el avión que nos llevaría en América, para siempre. Porque aunque uno después vuelva, sea de vacaciones o sea para empezar de nuevo lo que se nos arrebató, por mucho que uno se esfuerce ya nada es como antes, hasta los jardines de aquel hospital han cambiado y esto por mucho que sigan en el mismo punto. Luego iríamos a tomar un vermut en el bar de la esquina, como de costumbre. Mi tío Daniel contaría otra de sus aventuras marítimas, los adultos reirían de sus peripecias para apaciguar el silencio horroroso que producen las emigraciones.