domingo, 4 de abril de 2010

Cartas desde las trincheras




Hay algo que no entiendo y que nunca entenderé y es este afán que ciertas personas tienen en no querer tirar nada. Me parece increíble. Es como si uno quisiese guardar, infinitum, el primer sostén. ¿Pero para qué, madre de dios? ¿Para colgarlo a la pared? ¿Para recordar que una era libre, sin esta cosa tan desagradable que te apresa el pecho? ¡Pero bueno!


Los sostenes pasan, como pasa todo y llega un momento en que hay que sentarse y empezar a tirar cosas a la basura. Pero en serio: no que si… que no… que alomejor… Nada. Uno se sienta al lado de una de estas basuras como la que compré en Portugal el otro día, casi tan alta como yo. Una preciosidad de basura. ¿Y para que sirve una basura? Pues para eso, PARA TIRAR.


Tengo que reconocer que puede ser una experiencia difícil, no tanto para ir a visitar a un psicólogo aunque sí que hay gente que tendría que visitarlo en momentos como este. Tengo una amiga, por ejemplo, que guarda hasta las facturas de la comida de sus canarios. Dice que cuando ya no estén sus amores, solo ver una factura de comida para ellos le hará revivir su amor para Petruska y Kanista. No la entiendo. Para mí es un placer tirar. He tirado toda mi vida y la prueba es que casi no tengo nada. Pero aún así quedan algunas cosillas que tengo que liquidar porque no sirve de nada guardarlas. Como estas cartas de mis exs.


El sábado pasado pues decidí abrir esta caja inmensa, llena de cartas. Me senté acompañada por mis perros y gatos en el pequeño y placido patio que tengo e iba sacando las cartas una a una, las leía superficialmente y a la basura. ¿Cómo es posible que haya guardado tanta tontería en una caja de cartón?


Mi amada amiga, cuanto deseo estar de nuevo en tu cama azul… Esto escrito por un tal Alberto mientras estaba disfrutando unas vacaciones en Cancún con otra amiga suya. A la basura.


He decidido dejarte porque es muy duro vivir dos vidas… Ya me había olvidado de esta historia. A la basura, pues.


Estoy tomando un té, pensando en tus largas piernas. El muy sinvergüenza cuando volvió de Turquía se olvidó de traerme té turco. ¿Cómo se llamaba? Iván y sé que era fotógrafo, y muy inteligente. Pero de nada sirve un hombre inteligente si se olvida de traerte té. Así que lo dejé, no solamente por lo del té, que ya es suficiente en mi escala de valores, pero por otras cosas que ni me acuerdo. Pero gordas tenían que ser. Lo que pasa es que todos los hombres en el fondo se parecen. Mi madre tenía razón.


A la basura, todas a la basura estas cartas de amores indefinidos, abstractos, lejanos y se podría decir casi inexistentes. Los años me hacen entender que lo mejor para una mujer es vivir sola, sin hombres. Yo no entiendo muy bien a las mujeres que no pueden vivir sin estar acompañadas por el sexo débil. Dicen que la vida sin los hombres no tiene sentido. Que necesitan despertarse con una presencia al lado porque de lo contrario sienten como un vacío. Evidentemente no saben lo bueno que es dormir sola sobre un buen futón y bien a las anchas, sin piernas ni brazos a la frontera de tu cuerpo para agobiarte para el resto de tu vida. Yo cuando me despierto lo primero que veo son los bigotes de Pandora, mi gata persa, aquí, justo debajo de mis ojos (Pandora adora cosquillearme las ojeras con sus bigotes de plata). Y si me vuelvo de lado veo la cara seria de Pluto, el buldog francés más guapo que hay sobre este planeta. Solo mirarlo mirarme me dan ganas de reír. ¿Acaso pasa esto cuando abres tus ojos y ves a un hombre durmiendo a tu lado con la boca abierta? ¡Venga ya!


A la basura, a la basura y a la basura.


A media jornada mientras me preparaba un buen té chino quien no veo acercarse a mi pequeñito patio: Paquita, la coja. Es así, aquí la gente tiene sobrenombres, es para bien definirlos y no confundirse con otra Paquita. Pues a lo que iba: Paquita se acercó sigilosamente con un plato en las manos, un pastel de plátano y queso que me ofreció mientras buscaba un lugar para sentarse. Le traje una silla que puse al lado de la basura que Paquita miró con curiosidad ya que en España no existen basuras de este tipo. Y luego se informó de lo que estaba haciendo. Se lo dije. Se puso muy seria y dijo que hacia mal, que tirar cartas de amor era un acto de vandalismo para una vejez solitaria. Me iba a arrepentir, insistió:


- Cuando tengas mi edad y ya nadie te mire… estas cartas serán un bálsamo en los largos y grises días que te esperan.


Le contesté que de todas maneras ya nadie me miraba ya que los hombres ahora miran a las niñas de 17 años. Además tenía tantos libros para leer que nunca me aburriría, es imposible aburrirse con tanta lectura sobre lo que ocurrió en los años de aquella tan extraordinaria guerra.


- ¿Pero sigues con esta obsesión?


Paquita sabe mi pasión sobre la Gran Guerra, un día la invité a tomar té y se lo dije. Me miró muy cariñosamente y me empezó a hablar de su madre, que vivió en aquellos años tan terribles. Desde aquel día, después de haberla escuchado durante más de dos horas detrás de un silencio acogedor y atento, la Paquita es mi amiga. Tiene unas cabritas y de vez en cuando me regala queso, un queso verdadero no como estos de cartón que venden en Mercadona.


La Paquita bebía lentamente el té chino y me miraba tirar cartas a la basura, ya ni las leía, sabia que eran de otra vida, dirigidas a otra mujer que ya no existía. Yo no necesito cartas para sentirme fuerte, o viva, o para encontrar un sentido a mi vida. Tirar es bueno, poner orden es bueno. Luego lo que hice fue lo siguiente: me volví a hacer un té, esta vez un té de Irak, y me puse a leer, rodeada de gatos y perros, Lo que queda: cartas de los soldados caidos en el campo de honor, 1914-1918, de Jacques Benoist-Méchin. Una delicia.


5 comentarios:

la granota dijo...

:D Me has hecho reir. Yo guardo mi caja de cartas y cosas... cualquier día: ¡a la basura!!!

la granota dijo...

:D Me has hecho reir. Yo guardo mi caja de cartas y cosas... cualquier día: ¡a la basura!!!

Lola dijo...

No se si es ficción o no pero me ha encantado tu post. Yo soy de las que lo tiro todo y a veces luego me digo "y.. para que habré tirado esto a la basura?"
En mi blog te digo como entrar para ver el artículo de Mao. Un beso Lola.

Lydia dijo...

Pues si, hay que tirar y tambien guardar. Guardar un equilibrio.

Gracias por vuestras reflexiones.

Un abrazo,

Gino dijo...

Delicioso, se te lee tan bien, de un tirón y hasta se siente el aroma de tus exóticas tazas de te, siempre tenemos una Paquita en nuestras vidas, no siempre cojas, pero Paquitas al fin.
Un placer.