viernes, 12 de octubre de 2012

La muerte de Franco




El día en que se anunció la muerte de Franco estábamos practicando La Zapatera Prodigiosa en un pequeñito teatro. Todos estaban frenéticos, incapaces de concentrarse enteramente en sus papeles. Alguien llamó por teléfono y vino corriendo. “¡Ha muerto!” Hubo como una gran consternación en el grupo. Luego, como por arte de magia aparecieron botellas de champagne. Lo que recuerdo de aquel día de otoño son las hojas húmedas del parque que rodeaba el teatro pero también la cara alegre de un amigo de mi padre, Pablo Velasco. Lo recuerdo tan claramente, como levantaba la copa brindando por algo que acababa de pasar y al mismo tiempo por algo que tendría que pasar: este sueño de una democracia, al fin. Todas estas cosas me parecían insólitas, yo era una adolescente que apenas sabía quien era Franco y tampoco me interesaba mucho en ello. Brindamos pues. Mi mirada de hoy se posa sobre la presencia de aquellos inmigrantes que salieron del país y que cada semana se reunían montando obras de Lorca y con la esperanza de guardar un poco algo que habían dejado lejos. Aquel día no había nada que los separaba de los otros españoles que también brindaban con champagne por un gran futuro que se anunciaba claro y nítido, bueno y rico, feliz y prospero y justo. Que inocentes que somos los seres humanos, después de todo. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Mi abuela y la guerra



Las abuelas adoran charlar, esto se sabe, es casi una tradición, hablan y hablan y no hay nada ni nadie que las pare, ni un tren de alta velocidad podría con ellas, es increíble. Yo recuerdo la mía y era todo una locomotora: y venga hablar de la guerra, y eso y lo otro mientras yo procuraba leer en paz a mi amado Stephen King pero no había manera, la voz de mi abuela lo podía con todo, hasta con el canto de los pájaros del jardín que habían parado sus melodías en un silencio  misterioso como escuchando sus historias de familias destrozadas, vidas aniquiladas, rutas y calles y ciudades abiertas como grandes pozos heridos. Mi abuela tenia, hay que reconocerlo, mucha imaginación, casi o mas que el maestro King. Y hablaba mientras tejía y también decía cosas extrañas como que en la guerra no solo quedan muertos en el suelo, no hija mía, lo que queda también son fantasmas. ¿Fantasmas? preguntaba yo extrañada. Sí, fantasmas, decía ella con ímpetu, y muy potentes y vagan, vagan sin cesar en esto que vosotros llamáis tiempo linear pero ¡ojo! ¡de linear nada! El tiempo, repetía mi abuela, es todo menos una serie de acontecimientos. El tiempo es circular, repetitivo y con varias capas, el tiempo  se olvida a veces de que “las cosas ya han ocurrido”. Yo la miraba con curiosidad. Ya veras, insistía mi abuelita. Ellos están, estos fantasmas, y caminan entre nosotros y cuando menos te lo esperas toman posesión de lo que fue, vuelven con sus historias inacabadas, insisten en replantearse en este momento, este tiempo. Ya veras, decía ella mirándome de reojo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La voz



Lo que más me gustaba eran estos encuentros improvisados dónde el griot cantaba unas extrañas  y bellas  melodías  y todos estábamos allí, en medio de algo que parecía un retorno a una tradición tan antigua y a la vez tan necesaria. Podían ser historias del pueblo, o del país o de una familia. El sentido de las palabras yo no lo entendía pero esto no importaba. Entre los vasitos de té yo escuchaba atenta aquella voz que subía y bajaba como el vuelo de un pájaro. Las horas pasaban fuera del tiempo. Los grupos estaban divididos, los hombres de un lado, las mujeres del otro. Sus risas, de ellas y ellos, me reconfortaban de algo que yo sabia era sano como es necesaria  el agua en el Sahel. Fue allí, en aquellas habitaciones húmedas y apenas bonitas que me enamoré de todo aquello. Era como volver a algo que había sido siempre mío, un camino que yo había de pronto encontrado, que yo siempre había buscado sin saberlo. Los niños afuera jugaban sobre un suelo polvoriento y sucio. Hoy me pregunto: ¿qué será de ellos? De aquellos amigos que con solo una sonrisa me abrazaron toda mi. ¿Y los niños? Ahora son adultos, si han sobrevivido a hambrunas o conflictos o simplemente a esta miseria que no nos atrevemos a mirar de frente. Muchas noches de insomnio me permiten visitarlos de nuevo, sea en sus calles abiertas a un sol herido y duro, sea en habitaciones donde el griot canta las antiguas epopeyas de un pasado o presente con sus tesoros y epopeyas, sus reyes y sus príncipes, aventuras y fatalidades. Sí, vuelvo a ellos como una retorna a sus propias raíces. Yo soy lo que fui en aquel lugar y la visión que tengo del mundo se afinó en aquel espacio que mi percepción sabe que existe porque existió. Si todo esto explota algún día y todo desaparece yo sé que seguirá cantando el griot, de su voz profundamente sabia,  la historia de la Humanidad. 

lunes, 8 de octubre de 2012

El ultimo día de mi infancia




Yo recuerdo perfectamente aquel domingo, un día parado en el tiempo (porque se trata de esto) en los jardines del Hospital San Pablo, espacio donde tuvo lugar nuestra despedida, en familia, todos juntos, primos y tíos y mi madre tan bonita y triste ella también, la abuela, las hermanas de mi madre, todas tristes mientras nosotros jugábamos a indios y sheriffs pero sin ganas ya que fue el ultimo domingo antes de hacer el gran salto, como decía mi tío Daniel, nos perseguíamos entre los pabellones de arquitectura gaudiana, nuestras piernas como las de unas gacelas, pero era el ultimo día, yo lo sabia, todos lo sabíamos. Ya nunca más volvería a ver a mi tía Teresa, y los otros, aquellos que hacían parte de mi mundo y de mi vida, de esta esfera de una niña de 11 años, tampoco los volvería a encontrar. Los océanos separan hasta la eternidad. En la foto estamos todos los primos mirando, contemplando algo en el horizonte interno, si miro con la lupa veo el principio de una mueca triste sobre mi carita, algo que con el tiempo se transformaría en arruga perpetua. Aquí estoy hoy, mirando una ultima reunión de despedida de mi infancia. Dos días después subiríamos en el avión que nos llevaría en América, para siempre. Porque aunque uno después vuelva, sea de vacaciones o sea para empezar de nuevo lo que se nos arrebató, por mucho que uno se esfuerce ya nada es como antes, hasta los jardines de aquel hospital han cambiado y esto por mucho que sigan en el mismo punto. Luego iríamos a tomar un vermut en el bar de la esquina, como de costumbre. Mi tío Daniel contaría otra de sus aventuras marítimas, los adultos reirían de sus peripecias para apaciguar el silencio horroroso que producen las emigraciones.

Batallas



Era muy común en casa ser testigo de guerras entre mi madre y mi padre. Mi hermana y yo, sentadas cara a cara alrededor de la mesa, no parábamos de sorprendernos de la intensiva lucha que estaba ocurriendo ante nosotras pero ya habíamos apostado antes de ir a la cena. Eran batallas extraordinarias, solo faltaban los tanques y las ametralladoras. El conflicto hacia años que duraba y cuando estallaba era debido a un sin sentido, ahora me doy cuenta. Sus voces subían, cual aviones de combate. A veces un golpe de puño sobre la mesa, de parte de mi padre, marcaba un punto: aquello era una granada de cañón de fuerte potencia. Mi hermana y yo nos mirábamos, sorprendidas. ¿Llegaría la paz algún día? Yo nunca creí en ello. Recuerdo aquella cena dónde todo fue tan terrible, solo por una cuestión de lengua. Mi madre afirmaba que era importante que sus hijas fuesen en una escuela inglesa pero mi padre aseguraba que el francés, siendo la lengua del país, sus hijas irían en una escuela francesa. Balas volaron alrededor de la mesa bajo forma de insultos y chillidos. Las únicas victimas de aquella guerra fuimos mi hermana y yo. Las heridas de aquel conflicto eterno (esto nos parecía) siguen presentes con sus fantasmas heridos, sus caminos rotos, sus casas destrozadas. Las guerras nunca acaban, por mucho que digan los expertos. 

domingo, 7 de octubre de 2012

La Despedida



La única vez que vi llorar a mi hermana fue en aquella tarde de otoño en su cochecito rojo circulando por las espesas calles de Montreal. Ella se puso a llorar y yo no supe que decir. Sí, el otoño ya había empezado a mostrar sus signos vitales: un sol más dorado y como más pesado, las hojas de los arces mostrando ya  sus venas de cobre, los paseantes con sus jerseys puestos… Todo indicaba el nuevo clima que llegaba siempre con sorpresa después de un verano húmedo y asfixiante. Mi hermana lloraba detrás del volante de su Honda deportiva. Dijo: “Me hace tanta pena que te vayas”. Yo no supe que decir encerrada en aquel cubículo movedizo, mirando como por ultima vez aquellas arterias de una ciudad que no sabia que amaba tanto porque uno no sabe nada hasta que las cosas simples te golpean la cara, creyendo indispensable el irme de allí, sin objetividad ya las maletas esperando en una habitación y el billete de avión en mi bolso de cuero. Todo estaba listo, no había marcha atrás. Le puse una mano sobre la suya y le dije que nos volveríamos a ver pronto. Ella siguió llorando en silencio, conduciendo con agilidad como si nada. 

domingo, 11 de diciembre de 2011

La habitación amarilla




Quizás es la ultima vez que nos damos cita en esta habitación que ya no es tan clara como solía, la llamábamos la habitación amarilla pero ahora ya no lo es, ya el sol ha desaparecido de nuestras vidas después de aquello, y solo entra una grisalla por la ventana y la lluvia que no para, desde semanas y semanas, Pedro de lado se ha encendido un cigarrillo ruso de contrabando, ahora todo es así, por debajo, a escondidas, y fumar ya es un delito como vestirse de rojo, ahora solo este color gris de muro triste, Pedro esta de paso dice, tengo que subir al Norte donde hay cada vez mas disturbios y yo siento que esta tarde algo acaba, dame un cigarrillo bobo y dime que te gusto aunque mi  pelo ya no sea aquel oscuro de alga como solías decir, ni el mío piensa Pedro encendiéndole este cigarrillo asqueroso pero es lo que hay, la lluvia afuera como un manto impenetrable y espeso, desde aquel día, desde cuando pero no sirve de nada, ya no hay los días como antes, ni las semanas, ahora son series, series con cifras y ahora nos toca estar en la serie C430b12, todo ha cambiado tanto, no llores ratita/ ratón bobo tú mismo/ vieja ratita sabia/ ratón estupido/ no será muy largo/ mentiroso/ solo unos meses/ ya no existen los meses pero los adjuntos de las series/ y su pelo alga ofrece una mancha de extrañas y misteriosas formas rodeando su cara ovalada a la Modigliani en esta habitación que Madame Dupuis nos ha alquilado pero amenazándonos de que ya no podría más, ahora estas serán solamente para los empleados del Ministerio de la reconstrucción sub-atómica, te acuerdas bobo de aquella cena después de una película aburridísima de Pasolini/creía que te gustaba Pasolini/ mentiroso bobo tú sabes que no me gusta/ que pasa con aquella cena idílica/  en  Don Giovanni y te pregunté si creías, ¿crees Pedro que todo esto en un sueño? esto antes del Día C, la salsa tan rica con pimientos muy verdes, recordando a su padre de ojos tristes que sabia preparar unos espaguetis igual de ricos, y si todo esto fuese un sueño de alguien que nos esta soñando para no morirse de pena, se imagina aquí, en este restaurante tan lindo, mesitas con manteles de cuadrados, no seas boba pero quien va a soñar con dos tontos como tú y yo, no sé, quizás alguien que esta muy triste, y sus ojos sí que lo están, de tristes y desamparados pero todo esto se irá cuando estemos en la habitación de Madame Dupuis que siempre nos mira con aire conspiranoico, algo pasará y pronto dice desde hace mas de 6 meses, no seas bobo a veces creo que soy la proyección de algo, ando por la calle y es como si alguien me empujase con suavidad, como una mano invisible y me pregunto porque estoy andando en una calle que ni conozco, ni tengo ganas de visitar, en una ciudad que no reconozco tanto las cosas han perdido de su esencia  pero ahí estoy, parada enfrente de  escaparates de vidrieras sucias y oscuras de polvo, tiendas vacías, cerradas, paseantes que ya andan con los ojos semi cerrados la cabeza agachada, márchense que pronto susurra Madame Dupuis dándoles la llave de la habitación, no se queden aquí que esto, pero todo menos irse de esto porque esto es Pedro y yo en este pequeñito y amable restaurante italiano, no será muy larga mi ausencia miente Pedro, y si todo esto fuese un sueño sigo preguntando y esta habitación con nosotros fumando cigarrillos rusos que un amigo te ha vendido de escondidas, que ricos que son aunque sean asquerosos, tampoco se puede leer ni escribir ahora con la nueva ley, y sin embargo me has traído un libro de Cortazar que bueno que eres, el sueño de alguien triste en algún lugar que recuerda que antes del gran cataclismo, el Día C como dicen todo era, parecía sencillo, todo era bueno y simple y bello, un libro de Cortazar sobre una mesita de noche, un paquete de cigarrillos, unas manos acariciando un pelo de mar, mi padre tranquilizandome la frente, shhhhhh, tranquila nena, tengo sed, pronto pronto ahora no, luego, mi padre cerca de mí, has soñado nenita mía, mi padre se calla, mi padre me acaricia la frente y yo tengo cuatro años y me acaban de operar de la apendicitis y estoy en una habitación muy amarilla.