A nuestra edad tenemos historias que contar y experiencias y
memorias de varias vidas, las de nuestras madres y abuelas también, nuestros
antepasados, nuestras familias. En casa las historias sobre la guerra eran mis
preferidas ya que en la mente de mi madre, la contadora, aquellos años fueron una gran aventura llena
de peligros y desafíos. Las contaba siempre como la niña que fue, con inocencia e ingenuidad, casi en una dimensión
de inconciencia. Una de sus historias,
mi preferida, siempre la recuerdo con cierto estremecimiento. Cuenta mi madre
que un día mi abuela, sentada en el gran comedor ya tarde la noche tibia de agosto del 36, oyó como se reunían unos hombres en la casa del lado.
Hablaban fuerte y mi abuela llegó a escuchar la conversación que se tramaba.
Iban nombrando, de una lista, ciertos nombres de habitantes del pueblo, y a
cada nombre le daban una sentencia: no o sí. El no era dejarlo vivo, el sí
ejecutarlo. En un momento dado nombraron a mi abuelo, el farmacéutico. Mi madre,
al llegar a este tramo de la historia, para de hablar durante unos segundos
para dar énfasis a la situación, hacerme ver en este silencio la gravedad de
aquel momento, hacerme sentir que en aquel instante mi abuela se quedó ella
también en un espantoso silencio interior, como en el borde de un precipicio, a
punto de caerse. Mi corazón de niña latía fuerte. Los ojos de mi madre
brillaban de una luz extraña. Los hombres decidieron por el no ya que un farmacéutico
en un pueblo era importante y ya que mi abuelo nunca había hecho política, no
había sido de ningún bando y se había negado a presentarse como alcalde. Esta
historia, que yo siempre pedía a mi madre de contarla, es mi preferida de
todas. Y mi madre terminaba diciendo siempre las mismas palabras: cuando tu
abuela nos contó todo esto al día siguiente, lloraba.
sábado, 13 de octubre de 2012
viernes, 12 de octubre de 2012
La muerte de Franco
El día en que se anunció la muerte de Franco estábamos practicando
La Zapatera Prodigiosa en un pequeñito teatro. Todos estaban frenéticos,
incapaces de concentrarse enteramente en sus papeles. Alguien llamó por teléfono
y vino corriendo. “¡Ha muerto!” Hubo como una gran consternación en el grupo.
Luego, como por arte de magia aparecieron botellas de champagne. Lo que
recuerdo de aquel día de otoño son las hojas húmedas del parque que rodeaba el
teatro pero también la cara alegre de un amigo de mi padre, Pablo Velasco. Lo
recuerdo tan claramente, como levantaba la copa brindando por algo que acababa
de pasar y al mismo tiempo por algo que tendría que pasar: este sueño de una
democracia, al fin. Todas estas cosas me parecían insólitas, yo era una
adolescente que apenas sabía quien era Franco y tampoco me interesaba mucho en
ello. Brindamos pues. Mi mirada de hoy se posa sobre la presencia de aquellos
inmigrantes que salieron del país y que cada semana se reunían montando obras
de Lorca y con la esperanza de guardar un poco algo que habían dejado lejos. Aquel
día no había nada que los separaba de los otros españoles que también brindaban
con champagne por un gran futuro que se anunciaba claro y nítido, bueno y rico,
feliz y prospero y justo. Que inocentes que somos los seres humanos, después de
todo.
jueves, 11 de octubre de 2012
Mi abuela y la guerra
Las abuelas adoran charlar, esto se sabe, es casi una
tradición, hablan y hablan y no hay nada ni nadie que las pare, ni un tren de
alta velocidad podría con ellas, es increíble. Yo recuerdo la mía y era todo
una locomotora: y venga hablar de la guerra, y eso y lo otro mientras yo
procuraba leer en paz a mi amado Stephen King pero no había manera, la voz de
mi abuela lo podía con todo, hasta con el canto de los pájaros del jardín que habían
parado sus melodías en un silencio misterioso como escuchando sus historias de
familias destrozadas, vidas aniquiladas, rutas y calles y ciudades abiertas
como grandes pozos heridos. Mi abuela tenia, hay que reconocerlo, mucha
imaginación, casi o mas que el maestro King. Y hablaba mientras tejía y también
decía cosas extrañas como que en la guerra no solo quedan muertos en el suelo,
no hija mía, lo que queda también son fantasmas. ¿Fantasmas? preguntaba yo
extrañada. Sí, fantasmas, decía ella con ímpetu, y muy potentes y vagan, vagan
sin cesar en esto que vosotros llamáis tiempo linear pero ¡ojo! ¡de linear
nada! El tiempo, repetía mi abuela, es todo menos una serie de acontecimientos.
El tiempo es circular, repetitivo y con varias capas, el tiempo se olvida a veces de que “las cosas ya han
ocurrido”. Yo la miraba con curiosidad. Ya veras, insistía mi abuelita. Ellos están,
estos fantasmas, y caminan entre nosotros y cuando menos te lo esperas toman
posesión de lo que fue, vuelven con sus historias inacabadas, insisten en
replantearse en este momento, este tiempo. Ya veras, decía ella mirándome de
reojo.
miércoles, 10 de octubre de 2012
La voz
Lo que más me gustaba eran estos encuentros improvisados dónde el griot cantaba unas extrañas y bellas melodías y todos estábamos allí,
en medio de algo que parecía un retorno a una tradición tan antigua y a la vez
tan necesaria. Podían ser historias del pueblo, o del país o de una familia. El
sentido de las palabras yo no lo entendía pero esto no importaba. Entre los vasitos
de té yo escuchaba atenta aquella voz que subía y bajaba como el vuelo de un pájaro.
Las horas pasaban fuera del tiempo. Los grupos estaban divididos, los hombres
de un lado, las mujeres del otro. Sus risas, de ellas y ellos, me reconfortaban
de algo que yo sabia era sano como es necesaria el agua en el Sahel. Fue allí, en aquellas
habitaciones húmedas y apenas bonitas que me enamoré de todo aquello. Era como volver
a algo que había sido siempre mío, un camino que yo había de pronto encontrado,
que yo siempre había buscado sin saberlo. Los niños afuera jugaban sobre un
suelo polvoriento y sucio. Hoy me pregunto: ¿qué será de ellos? De aquellos
amigos que con solo una sonrisa me abrazaron toda mi. ¿Y los niños? Ahora son
adultos, si han sobrevivido a hambrunas o conflictos o simplemente a esta
miseria que no nos atrevemos a mirar de frente. Muchas noches de insomnio me
permiten visitarlos de nuevo, sea en sus calles abiertas a un sol herido y
duro, sea en habitaciones donde el griot canta las antiguas epopeyas de un pasado o presente con sus tesoros y epopeyas, sus reyes y sus príncipes,
aventuras y fatalidades. Sí, vuelvo a ellos como una retorna a sus propias raíces.
Yo soy lo que fui en aquel lugar y la visión que tengo del mundo se afinó en
aquel espacio que mi percepción sabe que existe porque existió. Si todo esto
explota algún día y todo desaparece yo sé que seguirá cantando el griot, de su
voz profundamente sabia, la historia de
la Humanidad.
lunes, 8 de octubre de 2012
El ultimo día de mi infancia
Yo recuerdo perfectamente aquel domingo, un día parado en el
tiempo (porque se trata de esto) en los jardines del Hospital San Pablo,
espacio donde tuvo lugar nuestra despedida, en familia, todos juntos, primos y tíos
y mi madre tan bonita y triste ella también, la abuela, las hermanas de mi
madre, todas tristes mientras nosotros jugábamos a indios y sheriffs pero sin
ganas ya que fue el ultimo domingo antes de hacer el gran salto, como decía mi tío
Daniel, nos perseguíamos entre los pabellones de arquitectura gaudiana,
nuestras piernas como las de unas gacelas, pero era el ultimo día, yo lo sabia,
todos lo sabíamos. Ya nunca más volvería a ver a mi tía Teresa, y los otros,
aquellos que hacían parte de mi mundo y de mi vida, de esta esfera de una niña
de 11 años, tampoco los volvería a encontrar. Los océanos separan hasta la
eternidad. En la foto estamos todos los primos mirando, contemplando algo en el
horizonte interno, si miro con la lupa veo el principio de una mueca triste
sobre mi carita, algo que con el tiempo se transformaría en arruga perpetua. Aquí
estoy hoy, mirando una ultima reunión de despedida de mi infancia. Dos días después
subiríamos en el avión que nos llevaría en América, para siempre. Porque aunque
uno después vuelva, sea de vacaciones o sea para empezar de nuevo lo que se nos
arrebató, por mucho que uno se esfuerce ya nada es como antes, hasta los
jardines de aquel hospital han cambiado y esto por mucho que sigan en el mismo
punto. Luego iríamos a tomar un vermut en el bar de la esquina, como de costumbre.
Mi tío Daniel contaría otra de sus aventuras marítimas, los adultos reirían de
sus peripecias para apaciguar el silencio horroroso que producen las
emigraciones.
Batallas
Era muy común en casa ser testigo de guerras entre mi madre
y mi padre. Mi hermana y yo, sentadas cara a cara alrededor de la mesa, no parábamos
de sorprendernos de la intensiva lucha que estaba ocurriendo ante nosotras pero
ya habíamos apostado antes de ir a la cena. Eran batallas extraordinarias, solo
faltaban los tanques y las ametralladoras. El conflicto hacia años que duraba y
cuando estallaba era debido a un sin sentido, ahora me doy cuenta. Sus voces
subían, cual aviones de combate. A veces un golpe de puño sobre la mesa, de
parte de mi padre, marcaba un punto: aquello era una granada de cañón de fuerte
potencia. Mi hermana y yo nos mirábamos, sorprendidas. ¿Llegaría la paz algún día?
Yo nunca creí en ello. Recuerdo aquella cena dónde todo fue tan terrible, solo
por una cuestión de lengua. Mi madre afirmaba que era importante que sus hijas
fuesen en una escuela inglesa pero mi padre aseguraba que el francés, siendo la
lengua del país, sus hijas irían en una escuela francesa. Balas volaron
alrededor de la mesa bajo forma de insultos y chillidos. Las únicas victimas de
aquella guerra fuimos mi hermana y yo. Las heridas de aquel conflicto eterno
(esto nos parecía) siguen presentes con sus fantasmas heridos, sus caminos
rotos, sus casas destrozadas. Las guerras nunca acaban, por mucho que digan los
expertos.
domingo, 7 de octubre de 2012
La Despedida
La única vez que vi llorar a mi hermana fue en aquella tarde
de otoño en su cochecito rojo circulando por las espesas calles de Montreal. Ella
se puso a llorar y yo no supe que decir. Sí, el otoño ya había empezado a
mostrar sus signos vitales: un sol más dorado y como más pesado, las hojas de
los arces mostrando ya sus venas de
cobre, los paseantes con sus jerseys puestos… Todo indicaba el nuevo clima que
llegaba siempre con sorpresa después de un verano húmedo y asfixiante. Mi
hermana lloraba detrás del volante de su Honda deportiva. Dijo: “Me hace tanta
pena que te vayas”. Yo no supe que decir encerrada en aquel cubículo movedizo,
mirando como por ultima vez aquellas arterias de una ciudad que no sabia que
amaba tanto porque uno no sabe nada hasta que las cosas simples te golpean la
cara, creyendo indispensable el irme de allí, sin objetividad ya las maletas
esperando en una habitación y el billete de avión en mi bolso de cuero. Todo
estaba listo, no había marcha atrás. Le puse una mano sobre la suya y le dije
que nos volveríamos a ver pronto. Ella siguió llorando en silencio, conduciendo
con agilidad como si nada.
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