jueves, 7 de agosto de 2008

La vida de los otros






Concebidas y paridas en el dolor, eso era lo que mi madre decía cuando el cansancio y el aburrimiento o la culpabilidad se apoderaban de ella y empezaba a hablar los ojos muy gran abiertos: que horror cuando nacisteis, fue lo peor que me ha ocurrido, tú sobre todo, la primera, casi me matas; y sus ojos brillaban de un fulgor doloroso que era como un rayo de fuego sobre este pasado que ella no aceptaba, esta experiencia que ella no aceptaba, rechazada, quizás toda su vida también y con mucha rabia, aunque mi madre creo nunca supo a que punto la rabia era de lo que ella hablaba. La rabia. Mi hermana y yo, quietas, escuchábamos procurando visualizar el dolor, entonces creíamos que se trataba sobre todo de dolor, un dolor físico, un dolor palpable, entendible. Pero ¿cómo visualizar el dolor de una madre que te lleva al mundo? ¿Cómo visualizar, sentir, vivir el sufrimiento de una madre que te da la vida, que te nace? Nos mirábamos de vez en cuando mi hermana y yo, inquietas. Yo siempre me preguntaba el por que mi madre nos hablaba de todo esto, y siempre, siempre quise escuchar lo que ella no decía, siempre atenta a las palabras que no se pronunciaban. Oyendo esta rabia que era también mi rabia y que ha sido siempre mi rabia. Pero aún así, con mucha atención, no sabía nunca del fondo de la vida de mi madre. Nunca se sabe a fondo la vida de los otros.

Tampoco estoy muy segura sobre la entidad llamada Juan, mi esposo. Pienso en Juan, que he dejado en la casa y estoy convencida que mi ausencia no le está causando ninguna preocupación alguna, que me he ido pero que todo sigue igual, que yo no esté es como si yo estuviese, o al revés. Y sin embargo no estoy segura que todo esto sea cierto, esta idea de Juan en casa solo, entre sus libros y sus papeles de Universidad, esta idea fija que me he hecho de él durante estos años, ya muchos, de convivencia. En realidad no estoy segura de nada. Una cosa es cierta, verdadera, inteligible: esta carretera que se abre enfrente de mi como un gran abrazo y el paisaje que la bordea, árboles de todos los colores, amarillo, zafrán, naranja oscuro, verde, lila, azul, casi azul a veces. Es otoño aquí ya, en el Vermont. La atmósfera huele a madera, a tierra húmeda, a chimenea. A veces me paro en tiendas que hay en el borde del camino, pequeñas tiendas al estilo Nueva Inglaterra dónde una puede encontrar de todo: muebles de buena calidad, ropa, souvenirs de todo tipo, comida: miel, mermeladas típicas de la región, pasteles naturales, hechos con avena y pasas, fruta, quesos saborosos...

Siempre me ha gustado mucho conducir, me siento segura, fuerte, valiente y adulta. Y sobre todo me siento en control de mi vida. Pero solo conduciendo. En la vida no soy así. Mi vida es un camino de inseguridades, de miedos, de dudas. O almenos es así como me parece que es. Tampoco estoy segura de ello.

Es para recordar a mi madre que he vuelto aquí, en esta región tan bella. Hace diez años que mi madre murió y he querido hacer este viaje sola y también lo he querido hacer para decidir sobre mi relación con Juan. Reflexionar sobre mi madre, sobre su vida y su rabia y sobre mi vida y mi rabia. Todo va tan unido, la rabia de los padres con la nuestra.

Madre, pienso. Cuantos caminos hemos tomado para no parecernos a ti, para separarnos de ti, para convencernos de que éramos diferentes. Cuando decías, por ejemplo, que nos teníamos que casar vírgenes y que nos teníamos que casar con un hombre rico. Quizás todas las madres proyectan. El caso es que yo no me casé ni virgen ni con un hombre rico. Y antes de casarme tuve tantos amantes que un día paré de contarlos. Pero esto no me hacía diferente de ti, ni mucho menos.

O alomejor fui así para compensar tu sequedad, tu frialdad.
No sé.

Aquí, en esta región del norte del Vermont, cerca de Burlington, he alquilado una habitación en un hotel. Hace muchos años vinimos juntas tú y yo y Juan también estaba con nosotras, era otoño y aquí entendí por primera vez tu gran soledad, espejo de la mía. Los reproches continuaron, siempre es así, las hijas no paramos de reprochar a las madres nuestros errores. Continuaron hasta tu muerte, en un hospital de Barcelona. ¿Acaso no hay escapatoria alguna? ¿Seré siempre una continuación de lo que fuiste? La rabia, tu mirada sobre la vida y los hombres, me han hecho y creado, la rabia la tengo entre el tejido de mi piel, es inseparable de mis células, está en mi sangre. Quizás y ya a lo lejos percibo el techo rojo del hotel, quizás no es suficiente entender la rabia. No sé. Tu vida fue un misterio. Pero ya pronto entraré en una habitación tan parecida a la que alquilamos hace muchos años, encenderé un fuego en la chimenea y te volveré a ver, tu perfil serio y triste volveré a mirar y otra vez sentiré que la vida de los otros siempre es una ilusión sin salida.

viernes, 25 de julio de 2008

Fulgor y opacidad

Y si la vida fuese otra que este cuadro de luces y sonidos y casi para mi indiferente: la familia un sábado de un día de verano muy pegajoso, si, la vida, mi vida fuese otro sistema que ellos hablando y ya todos tan diferentes o tan iguales, que es lo mismo después de todo, riendo pero las risas ya no son aquellas cristalinas y amarillas y que me sonaban como campanitas alegres, la vida otro cuadro que nosotros esperando impacientemente y a la vez aburridamente al notario, el señor Jiménez, otra forma que ellos riendo, charlando de tantas cosas y de nada, bebiendo y comiendo estas patatas insalubres, las niñas jugando en alguna parte del largo piso de la abuela, este verano tan extraño ha dicho mi tía Rita, la más animada ya que siempre lleva en su inmenso bolso dos o tres cigarrillos de Mary, pelirroja y ojos verdosos, es el cambio climático asegura muy segura de ella misma y es normal tiene 17 años, Idela, la hija de Richard y Richard ya se ha bebido dos vasos de vodka , ya que mi vida siempre ha sido otra de ellos, mi familia, este camino impenetrable, este bosque oscuro, espeso, repulsivo y entrañable a la vez, imposible por momentos la diferenciación en este nido de víboras y de ecos silenciosos, mi mirada pasa sobre ellos, desconocidos ya que mi vida es otra cosa, otra que Mariana que está tomando fotos para un futuro tan incierto, o de tía Quimeta que sigue tan parecida a Anna Magnani, mi vida en otro lugar, como siempre creo que ha sido, los años han pasado como una brisa, más bien en una racha que a ratos me parece inverosímil, y todos de nuevo aquí reunidos y separados a la vez pues la vida separa y une, me concentro mentalmente para no chillar en la ultima pagina que he escrito esta misma mañana, una pagina sin sentido porque es difícil encontrar una trama a la soledad de mi amiga Virginia, amiga de toda la vida desde el día en que fueron a parar entre mis manos ansiosas sus diarios y sus cartas, eres más real que todo esto, pienso.

Toma.

Richard, su gentileza y su candor menos mal de Richard que me ofrece una Camel, en su ojos siempre esta dulzura azul, hace muchísimos años, pero no tantos después de todo, sobre una arena ocre canté también estas palabras, dulzura azul contemplando el mar de aquel mes de mis treinta años, dulzura azul y supe que su piel se había estremecido, no sé como pero lo supe y el notario, asegura mi hermana haciendo bailar sus dedos de pianista sobre su pelo castaño, me ha dicho que será una sorpresa para todos, pero yo apenas escucho a mi hermana sobre todo después de que ella decidió un día no oírme más, y es que Virginia, mi tesis sobre Virginia Woolf y el placer o la desdicha de la soledad, también aquella tarde Richard me había ofrecido una Camel amargamente deliciosa mientras desgarrábamos el mundo entero con sus heridas y sus maravillas, el señor Jiménez no me importa ni tampoco el testamento del tío Victor, el amante de princesas venezolanas, y entonces qué había preguntado Richard, pues nada contesté, solo esta playa donde la luz poco a poco va profundizándose y tornándose lavanda en algunos rasgos del cielo y también esta dulzura azul y mis perros y mis gatos y mi tortuga Sarah y ya, en aquellos años, Virginia en su soledad bañada de partículas y átomos inconmensurables, y no dije siempre tú, tus ojos de una cordialidad y ternura marina, espacio de calma añil, en esta tu mirada que busco caminando en los bosques y el campo y que se transforma, esta tu mirada, en la que poso sobre Virginia escribiendo sus diarios y sus cartas, aquí de nuevo reunidos esperando pero ya faltan tantos, padres y madres, tíos y tías, algunos primos, aquí, esperando a que el señor Jiménez llegue para leernos el testamento del tío Victor.

lunes, 12 de mayo de 2008

La Estepa

Con cariño para Joaquín, en recuerdo de aquella estepa.



Mi madre se ha ido y yo hice el amor con Igor. La vida es así: extraña, sincrética, mágica, sincrónica.

Ella se ha ido y me ha dejado sola. Las madres siempre acaban por irse, por abandonarnos, vuelan con alas de mariposa y se van, tienen que emprender su último recorrido. Y nosotras, sus hijas, tenemos que seguir caminando en el que nos toca.

Llovía el día que se fue y sobre el viejo Toyota de Igor las gotas resbalaban como espesas perlas. En el asiento de atrás, al lado de mi hermano, yo hablaba de mi madre caminando en el viejo Barcelona, ella que quería tanto la ciudad condal. Me la imaginaba sola, feliz, alegre, respirando hondo. Igor conducía en silencio mirándome de vez en cuando por el retrovisor. Los rusos, algunos, saben lo que es andar sobre su tierra amada, la tierra que uno deja y la que uno vuelve a encontrar.

Yo no sabia que iba a hacer el amor con Igor, yo solo sabia que mi madre se había alejado de mí, que había perdido un pilar, una fuente. ¿Qué haría yo sin ella? Me acordaba de su pelo gris, de plata, de sus manos con los dedos muy largos y estilizados, estas manos que me habían abierto tantas puertas, y dado tantas llaves. Y de su voz, oscura y suave a la vez, como la mía. De su perfil fino, serio, misterioso.

Llovía, con suavidad sobre el coche, sobre la ciudad, sobre la tierra. Yo no sabia que mas tarde, al anochecer, Igor me haría el amor, que de repente descubriría en su cuerpo de viejo oso sabio lo que era la Estepa interior, la mía, la suya, la del cosmos. Y que yo iría en ella, Estepa amada. No sabía que Igor me cogería con fuerza mostrándome su alma de caballo, dueño de este inmenso espacio salvaje que vivía en su corazón, en el mío, en el de todos.

Y tampoco sabía que mi madre me había dejado libre, finalmente, en medio de un bosque ocre, espeso y profundo.

Aquella noche, en la ancha cama, Igor habló y yo oí en su voz el viento sobre mi piel. Mi cuerpo fue tronco de árbol que él acarició con cariño, y taiga mi pelo que sus dedos buscaron como si mi cabellera fuese un campo en la noche. Y oí los gemidos de todas las hembras de aquella estepa salvaje…Las oí en medio de una tempestad de colores, las oí esperando, rociadas, sudadas, sobre la hierba dorada, las oí en medio del horizonte amable, inmenso, vientre calido...

Hija mía, había dicho madre, hija, sonríe. Sonríe que la vida es muy fuerte.

Eso me dijo mi madre al irse y cuando se volvió por última vez yo le sonreí. La misma sonrisa que ofrecí a Igor la mañana siguiente.

- ¿Cómo estas Igor Ivanhovich?

- Ah… Petrouschka querida, ¿Cómo me voy a sentir? Feliz, feliz, como cuando estoy en mi estepa querida.

Aquella noche yo sé que no lo entendí todo pero supe que yo ya no sería la misma, supe que había encontrado una llave, la de la abertura interior, otra.

Más tarde también miré por la ventana el amanecer abrirse mientras tomaba un té con nombre muy bonito, “Sol de Espigas”. Igor dormía y yo oía su respiración tranquila, de oso bueno. Era una mañana muy suave que se levantaba, muy cariñosa y tierna.


domingo, 13 de abril de 2008

La fina línea azul


Unos meses tras haber presentado Bodas de Sangre nos propusieron de montar Yerma y aceptamos, entusiasmados. El maestro Wiseman nos dirigiría. Y una tarde de invierno, después de haber hecho una primera lectura, el director se volvió hacia mí y me dijo sonriendo que yo sería Yerma.

Me quedé atónita y sospesé sus ojitos azules dónde flotaba como una especie de travesura. Me dijo que me había visto en el papel de la Mujer, en Bodas de Sangre. Ahora, dijo, tienes que ir un poco más lejos. Yerma es perfecta para ti.

Yo era tan joven en aquellos meses de aquel invierno canadiense que sería uno de los más fríos del siglo y sabia tan poco de la vida. Yo era simplemente una mujer muy apasionada, muy volcánica y de ideas bastante liberadas. Acababa de llegar de África y me estaba separando tan bien que mal del yugo familial. ¿Yerma? Yerma era todo lo contrario de mí. Eso era lo que creía.

Y desde el principio vi que entre Yerma y yo había como un puente que nos separaba y este puente me producía vértigo. Por momentos veía a Yerma como una abuela y la miraba con un poco de burla por estas ideas que me parecían tan anticuadas como el honor, tan santificado por ella, y esta especie de armadura que llevaba que era una prisión insoportable y que yo rechazaba contundentemente. Pobre Yerma, pensaba antes de dormirme en los brazos de uno de mis amantes. Yo no era lo que se puede decir muy honrada y estaba descubriendo que mi cuerpo era un instrumento musical perfecto, y lo era, lo era... Y era más que esto y entre besos y caricias pensaba en Yerma y en su dureza interior, su inalcanzable esplendor... Además yo no necesitaba ser madre, no era una obsesión para mí no tener hijos. Que ridícula que eres Yerma, le decía, ¿por que sufres tanto por nada?

Y así, poco a poco, empecé a hablarle de la misma manera que ella conversaba con su hijo, con este hijo que nunca llegaría. Yerma, Yerma… para de darte golpes de frente sobre la roca, cálmate, relájate… ¿no ves que te complicas la vida, que buscas algo que nunca tendrás, algo que no quieres entender?

Yo me sentía tan fuerte. Llegaba acalorada en los ensayos, llena de una energía roja y las repeticiones iban a su paso de tortuga, siempre es así al principio cuando una fina línea azul nos separa, actores, de la verdadera realidad de la obra de teatro. Estamos y no estamos en el papel, somos y no somos. Este espacio es como una especie de limbo mental que nos hace sentir como ajenos a todo.

Sin embargo empecé a distanciarme de mis amores, reales, y a quedarme un poco más tranquila en casa. Hablaba con Yerma:

Hija, ¿por que eres tan testadura? Tienes a un Víctor tan al alcance de tus brazos, tan presente y vital, un Víctor muy hombre y suave además. No lo oyes cuando te dice ¿Dónde va lo hermoso? Víctor te ve como eres, y te acepta como eres. Y tú no lo ves, obsesa.

Me molestaba la actitud de Yerma, no la aceptaba. El maestro Wiseman se reía cuando le proponía de hacer de Yerma una mujer liberada, feminista.

- Señorita, concéntrese por favor. No proyecte. Escuche… El trabajo del actor es esencialmente este: el de escuchar.

Aquel mes, era febrero, decidí separarme de mi marido. Esta decisión fue súbita y tajante. Llegué un día al teatro y me confié a Linda, una amiga que tenía el papel de Maria.

Linda se puso a reír a carcajadas y me ofreció un porro de marihuana. Me dijo que no le extrañaba nada mi decisión, que Yerma seguramente me había influenciado en esta. La miré de reojo, a Linda. Y a Yerma.

Y un día sentí que ya no era yo la quien hablaba a Yerma pero ella la que me hablaba a mí. Fue durante una repetición, y estoy convencida que aquel día atravesé la fina línea azul y pasé del limbo a la realidad de Yerma.

Quiero beber agua y no hay vaso ni agua, quiero subir al monte y no tengo pies, quiero bordar mis enaguas y no encuentro hilos.

Y al pronunciar estas palabras supe que era yo quien las había pronunciado. No Yerma pero yo. Yo Yerma. Era tan clara mi rebelión, tan presente. Me quedé mirando, extrañada y dolorosamente atenta, al actor que hacia de Juan, Rafael, y vi a Juan, lo vi tan nítidamente, lo miré como lo estaba viendo Yerma. Yerma y todas las Yermas del mundo entero. Contemplé con ira su intransigencia, su obstinación, su machismo, su indelicadeza. Y Rafael se apartó de mí y comprobé que sus manos temblaban un poco y me alegró verlas temblar porque supe que él también había atravesado la fina línea azul.

Aquel día el maestro Wiseman se acercó a mi camarote mientras estaba cambiando mi larga falda negra y espesa por unos jeans Levis. Vino y me acarició la mejilla. Sus ojos brillaban mucho y en ellos había tanto: alegría, expectación, suavidad. Me miró como un padre mira a su hija, con ternura y respeto, es así como lo vi mirarme. Sentí su emoción cuando me dijo:

- Señorita, y ahora, ¿cree usted que Yerma es una mujer liberada?

Ruborizada (los actores somos todos muy tímidos) me senté enfrente del gran espejo y empecé a pintarme los labios. Aún sentía el contacto de los dedos suaves del maestro sobre mi mejilla. Contemplé a la mujer que me estaba mirando detrás del otro lado del espejo, una mujer fuerte, valiente, llena de vida, absolutamente en contra de lo oficial, capaz de hablar, de actuar, de decir lo que ardía dentro de su profunda alma. Y esta mujer era Yerma. Y yo.

sábado, 15 de marzo de 2008

A las nueve de la mañana: el prologo



Me desperté sobresaltada. ¿Qué es lo que estaba pasando?

Sentada sobre la cama miré alrededor mío. El ordenador seguía encendido, lo había dejado así para el Emule. Mis dos gatos, Pilun y Sabrina me estaban mirando desde la puerta de la habitación, los ojos un poco desorbitados. Ellos también, tuve la impresión, habían sentido algo. ¿Pero qué?

Hacía mucho calor en la habitación, un calor penetrante, pesado, bastante pegajoso. Fui a abrir la ventana que daba al jardín y estudié el cielo sin sol y de un azul claro, con tonalidades verdosas hacia el oeste. ¿Por qué hacía tanto calor si no había sol y si estábamos en Marzo?

Antes de dar de comer a mis dos gatos verifiqué si había algún mensaje en mi cuenta electrónica. John, de Dallas, me había enviado un correo:

"Lyma, estamos en una situación de urgencia. Creo que pronto nos cortarán la luz. Ha habido temblores en los dos Polos, como me temía. Todo es bastante caótico, niña. ¿Acaso nos volveremos a ver para saludar el Pino de la Sierra? Buena suerte y ten cuidado. John."


Me quedé atónita. ¿Entonces había llegado el día que tanto temíamos? No podía ser, no, no podía ser. John seguramente estaba equivocado.

Fui de nuevo hacia la ventana y me percaté del silencio. Los pájaros, que cada mañana venían a comer en mi jardín, no estaban. No se oía nada, todo parecía como muerto. Me dirigí hasta el teléfono y llamé a mi hermana.

- Ah, Lyma, eres tú, te iba a llamar. Estoy preocupada. ¿Qué esta pasando?

Le dije que había recibido una carta de John, por correo electrónico, y que decía estar en situación de urgencia.

- Lyma, la radio ya no funciona. Peter acaba de leer por Internet que todos los vuelos de aviones comerciales han sido cancelados por una avería en la mayoría de los radares. Y que ha habido un tremor en el Polo Sur y Norte, pero ya no se puede hacer Internet, ya ningún Servidor está funcionando…

Le ordené a mi hermana que cogiese sus cosas y que viniese a mi casa lo antes posible con Peter y el perro. Mi hermana me dijo que ahora mismo venía.

Colgué el teléfono y quise entrar en Internet pero no hubo manera. Mi hermana tenía razón, se había caído la Red.

Miré a mis dos gatos que ahora no paraban de moverse de un lado a otro, inquietos y nerviosos. ¿Qué tenía que hacer? ¿Qué hay que hacer en un momento como este? Fui a la cocina para verificar si había agua corriente y si funcionaba el refrigerador. La nevera estaba apagada y la luz de la bombilla de la cocina se encendía y apagaba, como si estuviese averiada o mal enroscada. Agua había pero de color verdoso. Cerré la luz y fui corriendo hasta la puerta de la entrada pero al pasar enfrente de mi habitación me di cuenta que el ordenador se había apagado. Cuando abrí la puerta me impactó la quietud de la calle. Una de mis vecinas, la señora Pepi, estaba de pie apoyada en un árbol, mirando algo en el suelo. La saludé con la mano, pero ella no me vio. Me puse un chándal sobre el pijama, cerré la puerta detrás de mí y corrí hacia ella.

- Están muertas, dijo.

Estaban ahí, amontonadas unas sobre las otras, como si hubiesen querido escapar de algo. Eran ratas de campo, bastante grandes pero no se les veía sangre por ninguna parte. Estaban ligeramente hinchadas y de las orejas les salía un líquido espeso y amarillo. Miré a mi vecina, que temblaba ligeramente, como si tuviese frío.

- Tengo miedo, murmuró apretándome el brazo.

Mi corazón latía muy fuerte, cerré los ojos, atenta a lo que me rodeaba. Aparte del silencio percibí una brisa alrededor de mis pies. Y también un ligero temblor, pero muy muy tenue, muy subterráneo. ¿Sería el principio de un terremoto? Y me di cuenta de una especie de movimiento, alrededor mío, como si sintiese por primera vez la tierra dar vueltas. Y entonces la sirena del Ayuntamiento empezó a sonar. Abrí los ojos y vi las puertas de las casas abrirse una tras otra y la gente salir de sus hogares. Vi como nos íbamos mirando los unos a los otros con sorpresa y miedo; unos miraban el suelo, otros el cielo. Niños empezaron a llorar, a quejarse. Perros a ladrar, a aullar. Contemplé, como de muy lejos, como en nuestras caras estaba apareciendo lo que ya nunca más desaparecería, una especie de rictus de desesperación e impotencia. Y nos quedamos así, parados en medio de la calle como estatuas de sal (fue la primera imagen clara que tuve), atentos a esta sirena que nunca hubiésemos tenido que oír.

Eran las nueve de la mañana.

martes, 4 de marzo de 2008

Premio Calidez





He recibido el Premio Calidez para esta pagina de mi amiga poetiza Ideas-Primitivas. Se lo agradezco mucho y lo he acceptado porque viene de ella. Aqui van las reglas:

* Publicarlo en un post haciendo relación al autor y blog de quien te lo otorga.
* Hacer un enlace al blog citado.
* Elegir cinco blogs en los que consideres similares cualidades (calidez) que aquellas por las que lo recibes.
* Enlazar los blogs nominados.
* Hacer constar estas reglas.

Ya lo he dicho: para mí es dificil dar premios (debo ser un bicho raro) porque en cierta medida hay, en este premio, reglas. No me gustan las reglas. Pero tambien he dicho que dar estos premios es una ocasión de hacer conocer a otros blogs y de agradecerles su presencia en este mundo virtual. No soy una gran consumidora de blogs, y los blogs que visito son muy seleccionados. La red es muy grande y mi actitud, como en la vida corriente, es de seleccionar. Selecciono a mis amigos, y selecciono a mis blogs preferidos.

Aqui van los premios atribuidos a:

En la frondosidad

Molière

Extranjeros sin papeles

El blog de Norberto

Los Imagine Photographers

Felicitaciones a todos vosotros, y a los otros, a todos los que estais aqui, presentes, con inteligencia emocional, sensibles a este mundo que nos rodea y que está medio loco. Gracias a vosotros se pueden percivir destellos de luz. Gracias.

sábado, 1 de marzo de 2008

Crónica de la Primera Brisa






Primero hubo la brisa y una nube que cubrió el sol durante mucho tiempo.


Yo la sentí, esta brisa, ligera capa en el aire, un poco pegajosa, viva, espacial. La sentí sobre mis mejillas, mi frente, mi pelo. Ligera, suave, transparente y pegajosa como la miel, si es que una brisa puede tener esta cualidad. Invisible al ojo durante el día y sin embargo por la noche la brisa tomaba un color metálico, se la veía como una suave niebla de pepinitos de oro flotando en el aire, danzante y liviana niebla dorada que lo iluminaba todo de ocre, las casas, las ventanas, los árboles, el suelo.

A poco tiempo desaparecieron los pájaros, los perros, los gatos, los caballos... ¿Dónde fueron? ¿Murieron o simplemente se desplazaron hacia otra parte del mundo?

Esta brisa duró muchos días pero era difícil contabilizar: no teníamos acceso a los medios de comunicación como la televisión, la radio, Internet. Los móbiles pararon de funcionar. Durante este tiempo no pudimos salir de casa, por obligación de la Ley ca34•d567. Solo los militares con sus grandes camiones tenían el derecho de circulación. Iban y venian por las calles vacías de la ciudad cual mastadontes y a paso de tortuga gigante distribuían a cada ciudadano grandes cajas con comida en lata, velas y botellas de agua.

Un día la electricidad se cortó por completo y se proclamó una ley de consumo, la Ley Elect.56mn!d68. La única información que nos llegaba venía en una hoja redactada por el Gobierno del Estado de Alerta, que los militares nos daban junto con la caja hebdomadaria. En ella se nos decía, por ejemplo que "las fronteras siguen cerradas bajo la Ley Front.23%%67nbg.” O: “Se ha aumentado el numero de velas de 10 a 13 por habitante”. O: “El sol va creciendo a una velocidad de 10ª por semana.” También nos informaban sobre los muertos que ya se iban contando por centenares. Pero nadie decía de qué y como. Ni tampoco que es lo que hacia el Gobierno del Estado de Alerta con los cuerpos de los fallecidos.

Fueron días de gran vacío, extraños y solitarios. Días largos, como interminables y sobre todo de noches misteriosas, un poco mágicas. ¿Qué es lo que estaba pasando? El silencio era lo más sorprendente, un silencio profundo como el de una cueva, o como si el Universo, de repente, se hubiese callado. Quizás, sí, la voz del Universo también fuese este silencio plano, llano, vacío, sin eco. Me gustaba escucharlo, apoyada mi frente sobre la ventana, contemplando fascinada la noche ocre, de oro.

¿Qué nos estaba murmurando el Universo? ¿Qué nos estaba diciendo este espacio de repente tan presente?


Y luego llegó el día en que los árboles empezaron a desplomarse, uno por uno iban cayendo sobre el suelo como viejos sabios muertos y al verlos tenía la impresión que algo definitivo estaba ocurriendo, algo irreconciliable. Tambien esta voz de árbol caído y postrado era, para mí, la voz del Universo que nos estaba hablando a su manera.

Sin embargo todo esto, poco a poco, que lo quisiésemos o no, se transformó en cotidianidad. Un día, no sé cual ya que el tiempo no contaba, como sonámbulos salimos en las calles de la ciudad. Lo primero que hicimos fué mirar el cielo nublado, exausto, de un gris apagado y triste. Ya casi me había olvidado de mis vecinos, de mi barrio. Y yo, ¿quien era? Tenía la impresión que en mí tambien algo se había transformado. Y abrazada a un desconocido que pasaba por mi lado (pero quizás era John o Matilde o Philippe) me puse a llorar.

El sol apareció varios meses después y fue durante la Segunda Brisa. Y cuando emergió lo hizo con furia, con fuego, en torrente rojo, voraz y devastador.


Pero esto, esto es otra historia