lunes, 9 de mayo de 2011

Los libros y mis hombres


Pues sí, hay libros que me recuerdan algunos hombres que han aparecido en mi vida y una de las maneras que tengo para calmarme y para relajarme, hasta diría yo para meditar, es poniendo orden entre estos tantos libros que tengo y que están aquí desde tanto tiempo.

Es interesante ver hasta que punto estos libros míos hacen parte de mi vida, como han hecho parte de mi vida los hombres, y en cada vida de mujer están ellos, y quien diga lo contrario miente. ¿O no? intrínsicamente ligados y enlazados a espacios de mi vida, momentos de mi vida, épocas de mi vida. Cada hombre que mis manos han rozado, acariciado, que mi cuerpo ha deseado, que mis labios han besado... tiene su propia historia pero a la vez la historia de un libro en mi existencia. Son entonces varias historias que contiene un libro, cuando lo tomo entre mis manos, cuando respiro entre sus paginas, cuando leo la fecha inscrita en la primera pagina, el día que lo compré y donde. Y el hombre que amé en aquel preciso instante se me aparece, en aquel mes, en aquella estación de plata, de luna de plata sobre una cama azul y ocre.

Cada libro es único en recordarme todo aquello que fue y aquella que fui. Cada hombre hizo de mí mujer, me creció, me moduló. ¿Te acuerdas? me murmuran el titulo y el autor. Sí, me acuerdo. Entonces se crea como un entendimiento entre el libro y yo, entre este presente y el pasado que sigue presente gracias al libro, entre aquel hombre cuerpo e imagen de una eterna habitación interna, reconocimiento hacia algo tan efímero y fugaz como es el Tiempo en la vida de una mujer.

Poniendo orden en mi biblioteca es como poner orden en mi vida, es mirar aquellos encuentros que hicieron de mi una mujer desde otra perspectiva, desde este espacio seguro que es el libro, un espacio que parece limitado pero que no lo es. ¿Acaso el mar tiene un limite? Ellos, los libros, los hombres siempre estarán. Fuente de vida son y serán.

¿Pero que haces aquí? le pregunto a este libro un poco escondido detrás de otros, como olvidado, dejado de lado. Treinta Cuentos Argentinos de 1880 a 1940 de la editorial Guadalupe con prologo y notas de Angel Mazzei. Me lo regaló Eduardo, un bello argentino de ojos claros y pelo oscuro. Que guapote que era, alto, impresionante sobre todo su mirada que yo sentía cuando le ofrecí el papel de Yerma en el teatro de la Universidad McGill, aquel verano de mis 20 años y se lo dije varias veces, yo no soy Yerma, tú te has enamorado de Yerma pero yo no soy, yo solo he sido esta mujer fuerte y valiente sobre las tablas, en la vida soy otra, más salada si quieres, más débil también y mientras bebíamos un Rhum and Coke en un bar llamado Eucaliptos su sonrisa me recordaba la de Víctor, y acepté lo que nunca hubiese aceptado Yerma de hacer, y acabé entre sabanas color crema en los brazos de Eduardo. ¿Ves como no soy Yerma? le dije después acariciando su suave cara, Yerma nunca hubiese aceptado esta situación. Toma, me dijo él ofreciéndome este libro de cuentos argentinos que ahora acaricio entre mis manos. Acuérdate de mí cuando un día visites Argentina… Y nunca más supe de Eduardo porque decidí que después de todo Yerma me había marcado una pauta y borré así de la faz de mi tierra sagrada a Eduardo, y desaparecí de su vida como él de la mía. Así van las cosas a veces, entre los hombres y las mujeres.



Ah, este otro libro también es muy interesante en mi vida, L’Etat Sauvage de Georges Conchon, ediciones Albin-Michel comprado en un vieja librería de libros de segunda mano por 25 centavos, un libro excelente, vitriolito, casi espeluznante por su visión sobre colonizados y colonizadores, una historia dura como marfil con personajes corruptos, perdidos… y recuerdo con nitidez aquella noche que fuimos a ver la Premiere de la película basada sobre la novela de Conchon, todos estábamos allí, mis amigos africanos y sobre todo mi amado Touré que siempre miraba todo lo que le rodeaba con una cierta relatividad, un détachement suave y triste y hasta me contemplaba a mí de esta manera. La película en aquel entonces no me gustó por justamente el racismo que mostraba con tanta claridad y tampoco yo había leído aún el libro. Cuando lo leí, hace poco, me pareció todo tan claro y tan nítido y ahora entiendo aquella mirada como separada de todo de mi amigo Touré y me perdono mi intransigencia hacia él y la suya hacia mí. ¿Cómo ponerse en la piel de un africano? Es muy difícil y hay que leer también este otro libro que Touré me regaló antes de nuestra separación como amantes pero no como amigos, Peau Noire Masques Blancs de Frantz Fanon editorial Points y donde mi amigo escribió sobre la primera pagina estas palabras : No olvides nunca que todos somos africanos, Touré, Montreal, 1980.





Es así, es así pienso contemplando mi biblioteca que siempre tiene algo que enseñarme, puntos oscuros que de repente se iluminan, desorientan, apuntan.


Ah, y he aquí La vieja sirena de José Luis Sampedro, otro regalo y este de mi amigo Alejandro que vino a visitarme, navegante valiente, después de haber leído uno de mis cuentos colgado en algún lugar misterioso de la red, otro hombre en mi vida que despertó en mí una alegría intensa que yo había perdido. Era muy joven, mucho más joven que yo y casualmente parecía un personaje de las novelas de Erica Jong que yo estaba leyendo entonces ya  que Erica  dice que todas las mujeres necesitan un hombre de 20 años en algún momento de sus vidas. Pues eso. Alejandro fue este amante joven y audaz y bueno. La vieja sirena lo leí después y fue un libro que me dolió mucho a tal punto que recuerdo haber llorado en el metro un día y haber decidido marcharme de Montreal. Lo que hice.



Curioso, esto de los libros pero mas curioso esto de los hombres. Pero es así, en todo caso es así en mi vida. Hay otros libros, muchos más, hubieron varios encuentros, todos diferentes los unos de los otros, cada uno especial en sí a la imagen de un libro, puertas, ventanas, caminos oscuros, otros muy claros, novelas, libros de psicologia, libros de historia, ensayos, libros que he olvidado, otros que están en lugares especiales de mi vida y de mi biblioteca. En la vida o mejor dicho en las vidas de cada mujer siempre, en lo relacionado al tema de los hombres, desaparecerán algunos, volveran  a aparecer otros, importantes, otros menos importantes ya que todo es muy relativo y sobre todo cuando se habla de los hombres pero casi siempre vitales, es un decir. Poner orden en esta mi biblioteca es pues necesario, una meditación apacible, buena, tampoco muy triste. Me doy cuenta de lo mucho que he vivido, de lo mucho que he amado y  crecido, de lo mucho que he leído y de lo importante que es recordar con amabilidad aquello que fue y siempre será.

viernes, 6 de mayo de 2011

En la playa con Virginia Woolf

William Turner
He decidido irme de casa para unos cuantos días, alejarme de mi esposo, de mi trabajo, y venir aquí con Laika, en esta playa, una buena habitación en casa de Susana que ha dicho que la perra es una preciosidad, en esta playa inmensa y llana y buena, la playa vacía a estas horas y siempre me ha gustado este momento como de soledad amarilla, donde el silencio es este mar, esta voz de mi infancia cuando volvíamos y que yo sentía aún el mar en mí, su movimiento perpetuo que mi cuerpo seguía abrazando, el sol fuerte, brillante y tenaz, algunas voces a lo lejos, yo sentada con un libro de Virginia Woolf sobre mis rodillas.



La perra a mi lado deja que la luminosidad la habite, leo y de vez en cuando le acaricio la cabeza, es una buena novela, como todas las suyas pero esta es bastante accesible aunque todo sea percibido desde la mente de cada personaje, ah, una niña sola que mona con su bikini azul oscuro, la mente, el alma, cuantas veces se hacia esta pregunta, quien soy, como es esto que siento esto, indagamos esta impresión, busquemos la raíz de lo que estoy sintiendo, de esta percepción vaga pero insistente, vayamos más lejos, siempre más lejos, en todo, siempre ella ha sido una innovadora, la niña mira a lo lejos es un punto oscuro entre tanta luz, como una flor de lavanda en medio del desierto, me pregunto donde estarán sus padres, pero no, no hay nadie solo unas voces a lo lejos como en eco, como en aquella tan bonita película de Jacques Tati, todo como alejado y cerca a la vez, sus palabras me llegan desde tan lejos, su mundo, esta visión abierta permitiéndome verla bajo varios ángulos, siempre una nueva y mas profunda Virginia accesible, abierta, bondadosa y generosa ya que aquí esta la novela, algo que ella ha escrito para que yo pueda leerlo sentada sobre la arena, un exquisito regalo y siempre ella está, siempre estará al igual que este mar con su voz infinita, la niña solitaria mira el agua verde, a esta hora el mar se transforma en bosque marino, no se mueve, solo mira como hipnotizada pero quizás es solo una impresión, Laika también la ha visto, sus orejas apuntan el cielo, mirada fija y concentrada.



Esta novela me recuerda que todo es indefinido, casi sin forma absoluta, como un paisaje bajo la niebla o como bajo el brillo suave de la lluvia, los personajes se mueven en ondas, produciendo imágenes fractales, caricias en el aire que crean colores y formas cambiantes rozándose unas contra otras, bajo una luz efímera van y vienen, lentamente, cada personaje en su propio espacio de sensaciones, cada personaje en su soledad, en su mente que es impresión, nada definido ni compacto, solo somos impresiones desde el más allá del yo, impresiones, impresiones, búsqueda, palabras que van y vienen en la mente y forman cuadros abstractos de formas misteriosas, ¿solo esto? Sí, solo esto. Impresiones que hacen remolinos en el agua, ondas sutiles, entre ellas se rozan, brisas humanas pero cada una única, y esta niña ahora se ha movido ligeramente y a paso de tortuga se aleja, flor llevada por el viento, se aleja y dentro de poco solo será un puntito apenas perceptible en el horizonte de esta playa donde estoy leyendo una novela de Virginia Woolf, sobre mis rodillas esta este libro y dejo que el sol me acaricie, yo y Laika dos puntos oscuros en esta playa donde he venido a reposarme de la vida pero dos puntos indefinidos, sin forma, etéreos en esta inmensidad amarilla.

lunes, 7 de febrero de 2011

Secretos y rumores de familia


Los secretos de familia son como viejas sombras que se nutren de emociones y situaciones dolorosas que no han visto la luz del sol. Estos secretos viven de la oscuridad, de nuestra más y profunda oscuridad.


En el comedor del piso de mi abuelita percibo ligeramente estas entidades, como pájaros nerviosos. Nos rodean y ríen de nosotros, reunidos otro año para el cumpleaños de la abuelita. Me vuelvo de lado para dejar que el sol, que entra oblicuamente desde la ventana, me acaricie las manos. Es un día de invierno como tantos otros, es domingo y hemos tenido que hacer la comedia, ir a misa a escuchar al cura decir tonterías sin-sentido, con paciencia hemos vuelto al piso después de haber pasado por la pastelería a comprar un brazo de gitano, gestos y acciones casi mecánicos, rituales que a mi punto de vista ya no tienen sentido. Ya hace tiempo que siento que me estoy alejando de este grupo de personas que durante mi infancia habitaron mis juegos y sueños. La separación física ha hecho que de repente me sienta aún más extranjera aquí que allá. Esta constatación me hace sonreír, y mi prima Hermione, que siempre se fija en todo me pregunta ¿qué es lo que pasa en mi pequeñito cerebro?


Mi prima Hermione es una snob, ya hace tiempo que lo sé. Le contesto que en mi pequeño cerebro acaban de pasar dos pájaros azules. Hermione hace una mueca, siempre le han complicado la vida las metáforas. Se enciende un cigarrillo y me pregunta, esta vez, qué es lo que voy a hacer en este país de gente sobre dotada. Esta vez no sonrío, esta vez me sale la risa a carcajadas.


¿Qué secretos hay en nuestra familia, secretos oscuros que habitan nuestra cueva más profunda? Qué es lo que nunca se ha dicho pero que muerde la raíz de nuestro árbol familial? Rumores corren de que tío Bastiano, el que vive ahora en un país oriental, hubiese abusado de… O que tía Helena, la de Islandia, cuando de chiquita fue… Quien sabe. Y sin embargo estos rumores abren como una ventanita hacia algo más intenso, dan relieve a tantos malentendidos y malas posturas. Yo siempre he visto la familia, y más últimamente, como un animal deformado y disforme. Me gustan estas metáforas.


La abuelita nos mira desde su sillón verde, un sillón que fue comprado de un príncipe árabe que pasaba por el muelle y tío Ernesto, que trabajaba en una tienda de antigüedades en el barrio gótico, lo obtuvo por 5 mil pesetas. Esta es la historia oficial de este sillón que nadie podía ni puede utilizar, solo la abuelita que ahora festeja sus 90 años. Pero me pregunto yo qué hay más detrás de este sillón que tiene unas patas en forma de garras de león. También se insinúa que la abuelita, cuando de joven, fue una gran belleza admirada por muchos hombres y… Bueno, se dicen tantas cosas. Nunca podría imaginármela en otra forma que la que estoy admirando, la de una abuela sensata y derecha, con principios e ideales muy correctos.


Y este primo mío, el adorable Janus, también corre el rumor de que una tarde de verano, con la vecina… No me extraña, es muy adorable. Tiene el pelo castaño, ahora ya con filamentos de plata, y sigue teniendo estos ojos verdes que me recuerdan estas piedras preciosas que llevan los reyes del Oriente en las películas estupidas que han hecho los americanos en aquellos tiempos de tanta ignorancia. Bueno, siguen aquellos tiempos. En este país, me doy cuenta, las cosas han cambiado pero el fondo sigue el mismo. No lo digo muy alto, Hermione me haría otra mueca, y de muecas ya empiezo a estar harta.


¿Quienes son, después de todo? Apenas los conozco y aun menos los reconozco. Durante muchísimos años me los he estado imaginando igualitos que cuando de niña me subí al avión para irme de esta mi tierra. En mi mente, o mi pequeño cerebro como diría Hermione (y tiene razón), ellos no habían cambiado. Seguían como antes, como yo les quise, juguetones, misteriosos, felices, inocentes. Cuanta vanidad la mía de no quererles cambiantes, cada uno a su manera, libres e independientes de mi propia existencia. Ahora los veo como me ofrecen que son, ya que en el fondo todos llevamos encima unas mascaretas bien puestas, y yo también llevo la mía que esconde miedos e inseguridades cuando lo que ofrezco es la imagen de una mujer fuerte y valiente. Vaya, vaya. ¿Y qué secreto negro me habita? ¿Qué rumores me persiguen? Tampoco me importa mucho, aunque sí, me importa.


Un día tendremos que sacar al aire contaminado de esta ciudad mítica que es Barcelona nuestros secretos familiares, será la única y sola manera de curar algunas heridas que nos persiguen como pájaros azules enfadados de tanta oscuridad. Mientras tanto seguimos como si nada, creyendo que no pasa nada.


La abuelita me hace un guiño. Sabe que cuando todos se marchen, quedaremos juntas ella y yo y podremos hablar del pasado. Quiero preguntarle un rumor que corre sobre mi madre: parece ser que se enamoró locamente, antes de conocer a mi padre, de un marinero americano, un hombre de ojos pardos. Y yo también tengo ojos grises. Nunca se sabe, alomejor tengo un padre marinero, y yo sin saberlo.

domingo, 30 de enero de 2011

Un viejo libro de recetas y un viaje a la Proust


Entre mis manos un viejo libro de recetas que mi madre recibió un día de una de mis tías.


Es un libro tan viejo y tan usado que las paginas apenas se aguantan por ellas solas. Ya no tiene ni tapas. ¡Ha sido tan utilizado primero por mi madre y luego por mí! Pienso que es un libro eterno, por muy viejo que sea, por muy usado que esté.


En él hay recetas que, al releerlas, me recuerdan a mi madre, a mi padre, a mi hermana, a mi juventud y adolescencia. Me rememoran aquellas tardes de invierno cuando yo iba a verlos y preparaba para ellos buñuelos de viento. Mi padre se ponía muy contento porque mi padre tenía una boca azucarada, como yo. Luego disfrutábamos comiendo los buñuelos y jugando a encontrarles formas de animales, de objetos.

Cierro los ojos. Oigo la voz de mi madre, desde la habitación donde siempre la encontraba estirada, sea mirando la televisión sea simplemente con su mirada ensoñada.


Mi madre siempre se ponía contenta al verme, siempre me pedía mi presencia, siempre demandaba que yo estuviese con ella. Mi Lydia, decía de una manera tan entrañable.


Pero yo me fui, me fui muy lejos para no oír más aquella voz llena de soledad y de tristeza.


Acaricio el libro de recetas. Es tan viejo y usado que lo tendría que tirar a la basura, y comprarme uno nuevo, sin manchas, con tapas, sin memoria. ¿De qué sirve recordar? ¿De qué sirve viajar en el tiempo, retomar el tiempo en este pasado que ya no existe? Mis padres ya no están, ya nunca más volveré a hacerles buñuelos. Ya nunca más volveré a oír la voz de mi madre, llamándome.


Sin embargo… sin embargo ellos, tengo la impresión, siguen ahí, en algún lugar, esperando mi llegada, esperando mi presencia. Y no solamente ellos sino la casa, los objetos, los muebles, este libro de recetas. Todo sigue ahí, en el pasado, en este trozo de memoria, en este programa mental de mi memoria, esperando, quietamente, mi retorno.


¿Pero por qué? ¿De qué sirve volver en algo que ya no existe, inconsistente, efímero y fugaz?


Será que Proust tenía razón: uno vuelve en el pasado para entender. ¿Pero entender qué? Todo esta hecho y dicho.


Los ojos cerrados me veo en aquella cocina, preparando unos buñuelos que mi padre espera con tanta ilusión. Una ilusión infantil e inocente, llena de una alegría que yo nunca supe ver en él. Me doy cuenta que durante el tiempo que él y yo estuvimos juntos en este camino que se llama vida, yo nunca supe ver aquella ilusión y alegría de mi padre al prepararle los buñuelos. Ni tampoco en otros momentos.


Mi padre sonríe. Nunca supo decirme que me quería, nunca supo decirme que apreciaba mi presencia, esto lo he aprendido luego, porque hay algo que la vida enseña y es mirar las cosas desde otra perspectiva; y yo nunca supe ver que aquella ilusión suya, que se despertada como un palpitar de alas, cuando decía: ¡Papa! ¡Ven a comer los buñuelos! era una manera tímida de decirme todo lo que no supo ni pudo decirme.

Desde aquí, desde este presente, gracias a este libro de recetas, puedo de nuevo ver sus ojos, pequeñitos y su mirada, muy tierna, muy suave, y puedo sentir el placer que sentía cuando comía mis buñuelos y decía que estaban buenísimos.

Desde aquí, desde allá, puedo de nuevo contactar con mi padre, más que cuando estábamos juntos, mucho más que cuando nos veíamos y rabiábamos o cuando nos veíamos y yo le ignoraba sea por miedo, por temor, por ideas falsas que yo tenia de él. Hoy puedo mirarlo en los ojos, en estos ojos tan oscuros que nunca tuve el coraje de mirar de cara, estos ojos llenos de misterio, de dulzor, de paternidad.


Ah, mi padre, mi querido padre…


De repente me siento como muy feliz y abro los ojos y miro con cariño al viejo y usado libro de recetas. Quizás prepare buñuelos hoy, en esta tarde de invierno, gris y suave.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Los silencios de mi abuela


En las tardes de otoño siempre tengo cita con mi abuela.

Nos sentamos sobre unas viejas sillas que mi abuela tiene de antes de la guerra. Son unas sillas bajas pero muy confortables y parecemos dos gigantes sentadas sobre ellas, unas sillas que conozco de memoria, que podría reconocerlas los ojos cerrados, me gusta acariciar la madera, ya tan gastada y la cuerda, resistente como el mismo tiempo.

Mi abuela teje, me esta haciendo un jersey de color rojo, dice que el rojo es mi color. Pero no me ha dicho aun si es un buen color. A mi abuela no le gusta mucho hablar, mas bien diría yo que le gustan los silencios, estos espacios donde no se dice nada y se dice todo.

Mi abuela, que sabe mucho de la vida porque ha vivido mucho, es la única persona en la familia que es capaz de reconfortarme. La única que está presente, cuando le hablo o simplemente cuando estoy rodeada yo también por silencios suaves como la brisa, esta tarde, que flota en el jardín de su casita.

Es una brisa suave y yo creo que hasta azul. En otoño todo tiene color manso. Las gallinas se pasean con quietud enfrente de nosotras, concientes de que las estamos observando. Un gato negro esta sentado al lado de mi abuela, contemplando con desprecio a las gallinas.

Siempre el otoño me ha gustado y calmado. Se lo digo a mi abuela que ha posado su mirada suave sobre mí. Sin parar de tejer me pregunta si hay algo que me esta preocupando.


- No… pero sí.

- Y esto qué quiere decir, chiquilla. O es no o es sí. En la vida no se puede ir de dudas.


- Es que es muy complicado.

- Aun más para afirmarse.


Y durante un largo tiempo nos quedamos en un silencio reparador. No se si es la voz de mi abuela, o el sonido que hacen las agujas de tejer, un sonido a penas perceptible, o el cacateo de las gallinas que buscan gusanitos sobre la tierra.

Mi abuela nunca me ha dicho que la vida fuese un camino de sufrimiento. Nunca me ha dicho que tenemos que vivir sufriendo. Mi abuela no cree en Dios ni en el matrimonio. No te cases nunca  pero ama profundamente es una frase que me dice a cada vez que vengo a visitarla. Y: ¿Dios? ¿Qué Dios? Dios está aquí, señalando con sus dedos finos y elegantes el centro de mi cuerpo.

Cuando murió mi madre mi abuela fue la única en consolarme. Me acarició la frente, y las mejillas con un algodón perfumado. Me estiro sobre el sofá de su pequeñito comedor. Me preparó un pollo con vino. Luego me regaló un libro, que llevaba años en su vieja biblioteca, un libro pesado y antiguo, La Divina Comedia. También me hizo un masaje de pies y me escuchó llorar mis culpas y mis temores. Luego, al día siguiente, me llevó con ella al cementerio. Y estuvimos limpiando la tumba de una de sus hijas, la tía Ana, que yo nunca llegué a conocer.

Mi abuela es como una columna, su fuerza es inmensa. Pero nunca se lo he dicho. Un día me dio unas cartas de mi padre, enviadas desde aquellos años cuando estuvo en Francia, asqueado se fue para vivir en un lugar más respirable. Y me gustaría decirle, a mi abuela, que tengo la impresión de que soy como mi padre, que tengo que irme, que no estoy bien ni aquí ni en ningún otro lugar. Y que esto me produce miedo y temor.

- Este jersey, dice de pronto mi abuela, te dará energía.


- ¿Cree usted que necesito energía?

- Sí. Mucha.

- ¿Y eso?

- Cuando te vayas, sea donde sea, quiero que lo lleves puesto y que nunca te olvides que te quiero.


Luego sigue un largo silencio, suave como una brisa de otoño, un silencio que me aturde y confunde, que me apresa la garganta y yo procuro no llorar aquí, enfrente de mi abuela que sigue tejiendo como si nada, y contemplo con gratitud las gallinas que nos miran de reojo. Y el gato ha levantado una patita y es hora de que mi abuela nos prepare un buen café con leche con el biscocho que ha hecho para nosotras.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Los últimos momentos de la vida de Sarah

Sarah se despierta un poco sobresaltada. Ella no lo sabe, pero le quedan pocas horas para vivir. Nadie sabe estas cosas. En todo caso, esta mañana Sarah abre los ojos como de golpe, como subiendo ferozmente desde una gran profundidad  blanca para tomar aire, y durante unos segundos siente un gran vacío, algo muy  palpable, como una vieja piel de animal muerto entre sus manos, un vacío lleno  de tristeza y de soledad.

Poco a poco Sarah se va ajustando a su entorno, y se deja habitar por esta piel de todos los días, soy Sarah piensa, no cabe duda. Y acabo de tener una pesadilla, y por esto me siento así, tan extraña. ¿En que he soñado? Vuelve la cabeza de lado y mira a su marido que duerme cual un viejo apacible gato. ¿Cómo es posible que él duerma así, tan tranquilo, cuando yo acabo de llegar desde  un mundo tan frío y tan blanco? Porque ahora Sarah se va acordando del sueño donde ella va  andando por un camino y alguien la persigue, sí, eso, alguien detrás de ella,  todo sobre un camino nevado y de repente  un hoyo la traga y Sarah cae, cae… Y es cuando se despierta sobresaltada en este último día de su vida, esta última mañana en esta habitación tan querida donde siempre ella ha encontrado una cierta paz. Piensa Sarah.

En la cocina.

Sarah prepara el desayuno, un buen café con leche para ella y té para Salva. Recuerda súbitamente que de pequeñita su madre le contaba aquella historia tan triste  que ocurría en un país lejano y frío, un país de hielo donde todo era de cristal, las casas, los caminos, los árboles, las plantas, hasta los pájaros y era la historia de una niña que desaparecía bajo un manto blanco, intocable y lejano. Y profundo. Y nadie más supo de ella, de aquella ligera y suave niña de largos pelos de oro. Sarah mira con los ojos gran abiertos a su madre que es como una reina contando este cuento de los países del Norte, muy lejos dice su madre con esta mirada  de animal cansado, ahora Sarah se da cuenta de ello. Pero en este momento, tantos años después de la muerte de esta su madre que le sigue leyendo leyendas, ya es tarde para entender, para abrazar.


Paseo.

A Sarah le gusta salir de paseo después del desayuno. En realidad no es un paseo, o sí, todo depende desde donde se miren las situaciones, Sarah va a dar de comer a sus gallinas que tiene en un corral, arriba en el pueblo. El paseo es suave, como el tiempo. Hoy es ya otoño, piensa. Pasa delante de la casa de la Juanita.

-         Hija, tu siempre activa, dice la Juanita que esta sentada  tomando el sol sobre un banco de madera color yema.  Sarah piensa que Juanita se parece a una vieja lagartija.

-         Si, Juanita, voy a dar de comer a las gallinas.


-         ¿Y los nietos? ¿Cómo están?


-         Tomás esta un poco resfriado, luego llamaré a Paqui.

Es otoño y todo es siempre igual, hay como una continuidad sabida, conocida, apreciada. Juanita se parece a una lagartija simpática, el sol brilla como un inmenso diamante, los árboles son de un verde marino.


Santiago e Inés.

Al acercarse al corral siempre Sarah para en casa de Santiago e Inés y les saluda y les pide como están. Es una costumbre deliciosa, piensa. Santiago siempre la hace reír con sus historias rocambolescas sobre gente que ya no existe, que están enterrados en el cementerio del pueblo hace ya mucho, que son ahora de arena y de sal. Sarah dice: si no fuese por estos momentos, que sería la vida.

En estas palabras hay un poco de desánimo. Quizás el recuerdo, intrínseco, de alguna depresión que aflora a la superficie de este tan inescrutable océano interno. Ni Sarah lo sabe, ni Sarah lo entiende. Ríe con Santiago en este último día de su vida, ofrece esta sonrisa que maravilló, hace 40 años a un Salva elegante y moreno.

Tarde.

Ya falta poco para que de repente la vida de Sarah pare de existir, para que su corazón pare de latir, para que la humanidad de Sarah se transforme en algo misterioso, vacío de respuesta y de sentido. Falta poco pero Sarah no sabe, ni Salva que está hablando con un vecino sobre la leña que el ayuntamiento tiene guardada para la vecindad, ni los otros habitantes que siguen sus vidas como si nada tuviese que ocurrir.

Y yo que no conocí íntimamente a Sarah quiero imaginármela con esta ligereza de paso de gacela andando hacia su casita, tengo que llamar a Paqui piensa Sarah. Es un bello día de otoño, reflexiona mirando el cielo arriba, de azul claro,  de un azul clavo, manto despejado sobre la vida de Sarah que ya nunca podrá contemplarlo de nuevo.


domingo, 19 de septiembre de 2010

Ha muerto Sarah

Al traerles unos pastelitos Santiago e Inés me han anunciado la muerte de Sarah. Lloraban los dos, la conocían desde tantos años.
Y es así que los he acompañado aquí, en el tanatorio del pueblo vecino donde casi toda la familia de Sarah ya ha llegado desde el Norte del país.

En un tanatorio los visitantes son de variadas especies, todas muy interesantes. Hay los que lloran sin parar. Lloran inconsolables, tristes y desamparados, quizás hasta lloran por nosotros, por todos, por los muertos y por los vivos. Y hay los que están muy serios. Estos no lloran. Sus caras son como mascaretas rígidas e impenetrables. Hay los que pasan, amigos que se han enterado por otros vecinos. Estos miran como sorprendidos y quizás hasta estén felices de estar vivos. Siempre acaban hablando de otras cosas, del último coche o del ultimo partido.

Yo soy una vecina, no conocía mucho a Sarah, solo de haberla visto de vez en cuando cuando venia a traer restos de comida para las gallinas de Amparo. Una mujer elegante, muy agradable, siempre sonriente. Ha muerto esta tarde, de un paro cardiaco. Así, de repente. Sin más. Como si un rayo le hubiese caído encima.

Los hijos han llegado todos en el mismo coche, pálidos, como medio atontados. Al entrar en la salita se han oído sollozos que me han recordado el canto misterioso de las ballenas. Sollozos como oleadas, subiendo y bajando, unos más claros, otros más profundos. No se le puede nada enfrente de un sollozo de ballena, un sollozo de un ser que no entiende lo que está pasando, un sollozo que se alza en los aires como pidiendo una respuesta. Detrás de la vidriera yace el cuerpo de Sarah, dentro de una caja de madera oscura. Esta, para mí, es la respuesta.

Otra vecina se ha presentado con una caja llena de tacitas y un termo con café. Sus manos oscuras de trabajar la tierra han acariciado la frente de una de las hijas.

¡Mamá! otra hija ha chillado. Los hombres, afuera, se han mirado en un silencio íntimo.

Nadie entiende la muerte, por mucho que sepamos que es la única razón del vivir. Por mucha religión y por muchas historias inverosímiles, nadie la entiende, nadie la acepta, nadie la desea. La muerte llega, atraviesa vidas, rompe vidas, atraganta espacios queridos, separa.

En el lapsus de una hora se nos ha ido Sarah, dice el alcalde, su hermano.

En la salita se han infiltrado otros vecinos, entre ellos dos ancianas. Las miro de reojo. No sé porque pero las ancianas saben comportarse con elegancia cuando la muerte se presenta. Es cosa de experiencia, digo yo. Mis dos vecinas están sentadas y están presentes. Están. Son como dos columnas inmóviles, fuertes, imponentes. Solo mirarlas me produce una calma extraña y bienaventurada. El esposo de Sarah, sentado en frente de ellas, desconcertado mira fijamente sus manos.

Más tarde vuelvo al pueblo con Inés y Santiago. Los acompaño hasta la puerta de su casita, muy cerca de la mía. Nos deseamos buenas noches y si dios quiere nos veremos mañana. Antes de entrar en mi casa respiro hondo. Y me quedo un ratito mirando las estrellas allá arriba, muy brillantes.