miércoles, 8 de abril de 2009

El pequeño Dios de las cosas







Soy camarera de piso no por gusto pero por obligación. Es un trabajo duro, físico. Es un trabajo como cualquier otro y me gusta el horario. Además, trabajar en un hotel es muy entretenido, es como estar en un barco y muchas veces es un barco a la deriva.

Con los años he aprendido algo y es que el trabajo, sea cual sea, es un camino de aprendizaje.

Nunca hablo de esto con nadie, ni con mis compañeras de trabajo ya que ellas solo trabajan para ganar el sueldo y trabajan como en una prisión. Sienten que el trabajo es una cadena.

Mi trabajo es, para mí, una liberación. Y una de las razones de esto es porque soy capaz de ver el pequeño Dios de las cosas.

Tampoco hablo de esto con mi marido, del pequeño Dios de las cosas que hace de mi trabajo un camino muy especial. Mi marido es informático y es muy racional.

El pequeño Dios de las cosas es cuando hago las camas con cariño para que los huéspedes puedan tener una buena noche y se levanten de buen humor. Es fácil, es cuestión de ponerle atención. Atención en los gestos, por muy repetitivos que sean. Cuando el pequeño Dios de las cosas está presente nada es indiferente. Este pequeño Dios es alegría y atención.

Atención y alegría para que mi trabajo sea liberación.

El pequeño Dios de las cosas está en todas partes, en mi trabajo. En estas camas que hago, en el orden que pongo en la habitación, en la sincronía que procuro dejar, cuando cierro la puerta y paso a otra habitación. Sincronía, belleza, orden.

Mi pequeño Dios de las cosas me emociona, entonces puedo trabajar en paz, alegre. Los detalles, por muy insignificantes que parezcan, son suavidad y simplicidad. Me gusta la simplicidad, es reconfortante. Es la base de todo, creo. Es la base de la paz interior.

Simplicidad en lo que ven mis ojos cuando pongo orden en esta habitación de un desconocido. A veces es un libro, que acaricio con cariño cuando quito el polvo de la mesita de noche. Otras veces es una foto que el cliente ha llevado consigo, la foto de un hijo, de una novia, de un esposo. Me emocionan estos objetos que hablan de la vida. Me tocan hasta lo más profundo. Un pijama que pliego con suavidad, unos zapatos que enderezo, un osito de peluche que siento al lado de la almohada y que me habla de la inocencia, unas llaves que suavemente armonizo al lado de unos papeles. Perfumes y cremas de noche, a veces medicamentos, pinta labios, peines. Todo me habla de la vida, gracias al pequeño Dios de las cosas.

Otras veces es la energía de una habitación, que este Dios pequeñito me hace vibrar dentro de mí. Energía sutil que el cliente ha llevado consigo: energía amarilla, como si una luz habitase la habitación, energía gris cuando el cliente no está bien, energía roja, azul, energias inteligentes, otras un poco tristes.

Este pequeño Dios de las cosas no es tan pequeño como parece. Es inmenso, como el Universo. Yo lo vivo como un abrazo. Somos, los humanos, unos seres tan insignificantes frente a este Cosmos tan grande, frente a este abrazo tan grande y bello.

Y sin embargo hay grandeza en esta insignificancia nuestra. Hay majestad, hay palacios. Y todo esto, toda esta vida en lo más esencial e intimo, en lo vital y secreto, todo esto está en el pequeño Dios de las cosas.

sábado, 29 de noviembre de 2008

La mirada de los hombres







Hubo un tiempo en que todo estaba regido bajo la mirada de los hombres. El andar, el vestir, el pensar, el decidir y hasta el ver, todo bajo esta luz solar que era la mirada de los hombres.

Y hubieron noches en que me miraba, desnuda enfrente del espejo ovalo, y me veía como ellos me veían. Las curvas de mi cuerpo, las entrañables formas, los recodos, los defectos, todo me parecía un reflejo de una mujer que solo la percibía unos ojos de hombre. Fuera de esta fuerza masculina yo no existía ni tampoco quería constar en ninguna parte.

Fueron tiempos de gran actividad, a la vez mental, sexual, emocional. Fueron años de inmensas experiencias, de crecimiento. Pero siempre bajo el poderío de la mirada de los hombres.

Un día, paseando a mi amado perro cerca del río St-Laurent, de repente tuve una visión: me vi en un jardín, rodeada de plantas, de gatos y de perros. Recordé a Colette, que decidió terminar su vida en una cierta paz acompañada de estas bestias que durante toda su vida la habían acompañado, perros queridos, amigos, gatos, tortugas, pájaros. Y yo me vi como Colette. Y esta visión, tan súbita, tan presente me dejó paralizada en medio de la calle, casi sin aliento. Mi perro se sentó al lado mío, esperando. Yo seguía viéndome en aquel jardín, y estaba sola. Quiero decir que no había ningún hombre. Me pregunté: ¿Se puede ser feliz sin un hombre? ¿Se puede vivir sin la mirada de los hombres posada sobre sí?

Empecé a llorar, en silencio. La respuesta, que era afirmativa, me hizo tomar conciencia de una etapa que estaba empezando en mi vida de mujer. Siempre es duro liberarse, crecer, embarcarse en una nueva experiencia. Y la vida de una mujer está siempre al alcance de nuevas etapas, etapas difíciles de entamar, etapas de gran fuerza interior.

Aquel día con mi perro y cerca del río más importante del Québec, recuerdo haber pedido, a las Diosas, de ayudarme en este nuevo camino que se abría delante. Quizás ya estaba cansada, en aquel momento, de la mirada de los hombres.

Mi amiga Luisa ha venido a pasar un fin de semana en casa, en el pueblo, y sentadas confortablemente sobre el sofá ,tomando un wisky caliente y acompañadas por nuestros amigos los gatos y los perros y un buen fuego en la chimenea, hablamos de aquel momento esencial en la vida de todas las mujeres, como una bifurcación, un cruce vital en el cual tenemos que decidir que camino escoger. En realidad este cruce aparece en el momento oportuno después de muchas experiencias. Y es bueno que aparezca.

Para Luisa fue el día en el que un hombre la dejó plantada en una habitación de un hotel, en las afueras de la ciudad. Dice que del susto se puso a reír y la risa se transformó en una especie de instrumento de liberación. Y entonces su vida se transformó: ya no hubieron más citas con desconocidos, en hoteles tristes. Y su vida se transformó porque ya no eran importantes estos encuentros. Otras prioridades aparecieron, otras inquietudes. Empezó a hacer Yoga, a pintar, a crear.

Para mí fue cuando decidí abortar. Luisa es la única que sabe de esta historia oscura en mi vida, el momento en que te planteas, como mujer, si darás a luz o no. Esta decisión, entre la vida y la muerte, es la más difícil que una mujer tiene que tomar. Un día leí en una revista feminista que muchas mujeres viven una experiencia metafísica y espiritual abortando. De repente, después de semanas de indecisión, de preguntas sin respuesta y de mucha soledad, la mujer que aborta se transforma. De niña inconciente se hace mujer madura, integra, presente. El precio es el sacrificio. Pero entonces llega una especie de libertad y de fuerza que lo abarca todo, hasta la vida y la muerte.

Ahora, le digo a mi amiga Luisa, ya no vivo bajo la mirada solar de los hombres. Ahora, y esto desde hace varios años, vivo bajo la mirada lunar de otras mujeres, Erica Jong, Germaine Greer, Marilyn French, Doris Lessing, Mary Daly, Gloria Steinem… En momentos de gran inquietud es hacia ellas que voy, buscando, preguntando.

Pero lo que cuenta no es ni la mirada de los hombres ni la mirada de estas amazonas valientes, sino la mía. Mi mirada sobre mí es lo único que cuenta.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Jean y una tarde de invierno




De repente lo veo acercarse hacia mí: es un chico alto y delgaducho con pelo largo y en su cara una sonrisa amable. Es una tarde de invierno y detrás de los ventanales de la parada de autobús el cielo ya está oscuro y sopla el viento de cristal.

- ¿Qué tal el viaje?

Que difícil es concentrarse en las reuniones familiares pienso mientras acepto la presencia del tío de mi esposo que se ha acercado hacia mí con toda su gentileza y su bondad. Deseo sin embargo estar en otra parte, sola.

- Bien, pero no me esperaba a tanto frío. Me había olvidado del clima de este país.

- Ya se sabe, dice Paul mirándome en los ojos con mucha ternura, esto no es un país, como dice el poeta, pero esto es el invierno.

Hace tantos años que ya no vivo en este país de estaciones inclementes, en este país de gran soledad espacial y triste. Cuando llegué a España, después de haber vivido aquí 30 años, tuve la extraña impresión que de nuevo corría mi sangre en las venas. Le digo a Paul lo duro que es vivir en un país nórdico. Me dice que todo es cuestión de costumbre. Y de aceptación.

- Pero el frío, el frío de aquí es casi inhumano, digo. ¿Cómo aceptar lo que es fuera del humano?

El frío aquí es como una carapaza que se va acumulando dentro de tí. Y uno acaba indefenso, prisionero de ella, en un calabozo de hielo.

Por eso, después de tres décadas, me marché. Y ahora he vuelto para el entierro de la madre de mi esposo. Estamos reunidos en un gran restaurante, yo espero sentada en la entrada, no tengo hambre y dejo pasar delante de mí a los familiares, gente que en el fondo no conozco, que casi nunca he visto. Aquí, como en todos los países nórdicos, las distancias son inmensas, casi inconmensurables. Apenas hay una relación intima entre los miembros de una misma familia. Solo en bautizos o en entierros se reúnen, vuelven a establecer un contacto, vuelven a hacer parte de una tribu. Me he encendido un cigarrillo y bebo a pequeños sorbos un gin con tónica que he ido a buscar antes en el bar. ¿Por qué lo recuerdo con tanta fuerza? Aquel momento en el que se acercó a mí, con su sonrisa buena y gentil, y sus palabras:

- Señorita, ¿se acuerda usted de mi? ¿Cómo esta?

Levanté la mirada hacia él, y en sus ojos vi como una gran expectación, un reconocimiento, una complicidad. ¿Quién era? Algo, si… una timidez absolutamente entrañable, la de un adolescente que ha crecido demasiado rápido y no sabe muy bien como andar, como acercarse, como hablar. Pero él ya no es tímido, casi ya no lo es, él, percibo, ya esta atravesando una barrera de incertidumbres, ya es más fuerte, mas valiente, por eso se ha acercado y me ha interpelado.

- Soy Jean, dijo. El de la clase 220. ¿Se acuerda? Pasamos el curso gracias a usted.

Mi marido ha venido a ver como estoy, si me encuentro a gusto, si necesito algo, si estoy bien. Mi marido es muy amable, siempre lo ha sido y siempre lo será. Es un hombre afable, cuidadoso, delicado. Sin embargo muchas veces lo mataría. Creo que todas las mujeres, en un momento dado, tenemos estas ganas terribles de asesinar a nuestros esposos, por muy buenos que sean y sobre todo si son buenos. Y tenemos ganas de irnos, volando, lejos, lejos, muy lejos de ellos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Tan difícil es romper vínculos? ¿Más difícil que irse de un país después de haber vivido en él 30 años?


Recuerdo, si, perfectamente ahora recuerdo como una gran oleada de satisfacción y más que eso, de reconciliación. La sentí en aquel momento, frente a Jean. Y la vuelvo a sentir ahora mientras miro a mi esposo dirigirse hacia el comedor con sus dos hermanos. El grupo 220, el que me habían atribuido para que aprendiese a utilizar mi mano dura, como profesora, sobre unos estudiantes con grandes dificultades de aprendizaje. Y fue todo lo contrario: fue mi mejor grupo, jóvenes amables y sencillos que no sabían muy bien que hacer de sus conocimientos, de sus cuerpos, de sus ideas. Fue el grupo que me dio aliento, mientras los otros, los que supuestamente eran normales, me estaban simplemente matando. Sí, el grupo 220 que sin embargo no logró hacerme seguir en el profesorado. Todo esto se lo dije a la directora, ahora recuerdo con cierto malestar, bajo su mirada de acero. Y ella me dijo que estos estudiantes no contaban. Y que por mucho que yo me hubiese dado a este grupo, la puerta se abría para mí, es decir que me echaba fuera de la escuela por no haber sido capaz de controlar a los estudiantes “normales”.

El chico, Jean, me mira con mucha candidez. Yo hasta diría con una cierta pureza. Me mira en los ojos, sin miedo. De repente he olvidado el frío de esta oscura tarde de un invierno que luego la gente llamaría “el invierno de la tempestad de hielo”. Estamos solos él y yo en medio de una nada de complicidad y cariño. Me dice que los otros del grupo están bien, entre ellos sus amigos Pierre, Benoit y François. No trabajan pero él sí, además Jean se acuerda que yo le había obligado a presentarse al examen. Se acuerda que yo le había puesto mi mano sobre el hombro y le había pedido que viniese a examinarse.

Pronto tendré que levantarme de este sillón tan confortable, tendré que hacer un buen papel, sonreír, asentir. Tendré que fingir. ¿Por qué habré tardado tantos años en darme cuenta de esta simple verdad? Que lo que cuenta son las pequeñas realizaciones, y nada más. El retorno a este país de nieve y de hielo me habrá entonces devuelto una certitud.

De repente Jean dice:

- Tengo que irme, mi autobús acaba de llegar. Le deseo una buena tarde. Adiós.

Se va. Largo y alegre, todo él, ondulante, flexible, suave. Como un ángel se va, como un ángel que tuviese otras citas en su agenda. Y yo me levanto para ir a reunirme con la familia de mi marido.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Ousmane


Ousmane ha muerto.

Ousmane, amigo que no conozco, que nunca voy a conocer… Y sin embargo si, cuantas veces en mi vida me he cruzado contigo en ciudades que han recorrido mis pies, Ousmane con otros nombres, otras caras, otras sonrisas, Ousmane en las calles largas y rectilíneas de Montreal, temblando bajo la nieve y el hielo, el frío y la soledad en tu mirada, en tu cuerpo delgado y hambriento de una vida que creías encontrar, Ousmane en el metro de Paris, fatigados tus muslos, triste tu frente, Ousmane en Barcelona, huyendo de las multas por este afán tuyo de sobrevivir, Ousmane en Nueva York vendiéndome un paraguas, Ousmane en Santa Mónica pidiendo limosna, Ousmane en mi corazón, mi amigo que nunca llegaré a conocer porque una navaja a parado tu risa y tu amabilidad, Ousmane del Senegal, príncipe azul de piel de ébano, Ousmane sonriendo, trabajador valiente, bueno, simpático, dura e infatigable tu energía para luchar para tu familia allá a lo lejos, allá tan lejos, allá dónde solo llegará tu cuerpo duro e impenetrable, Ousmane que un día amé, un día yo también amé a un Ousmane que se llamaba Ibrahim, y otros que llegaban hasta mis sabanas azules en busca de calor y compasión, Ousmane de todos los Ousmanes, alga marina perdida en este mundo gris y duro, en este mundo tan seco, tan intransigente, tan, tan injusto, Ousmane buscando un sentido, un camino, tu camino mi querido Ousmane...

Ousmane: que las voces de las mujeres de tu pueblo chillen tu nombre sin parar, que chillen y se golpeen las caras tus madres y tus abuelas, yo desde aquí las oigo estas voces que chillan tu ausencia y tu presencia absoluta en el vacío. Que los dioses amparen a tus queridos, hermanos, sobrinos, hermanas, primos, abuelos, padres, que los dioses africanos te guarden ahora de toda la maldad del mundo, y que Allah acoja a tu familia a la que enviabas tu salario doblando tu espalda de seda. Ousmane, mariposa negra. Ousmane que asesinaron, del cual osaron, las malas lenguas, decir que traficabas con drogas, Ousmane del Senegal, mi hermano, mi amante, mi amigo. Ousmane ya no estás.

Han matado a Ousmane.

jueves, 7 de agosto de 2008

La vida de los otros






Concebidas y paridas en el dolor, eso era lo que mi madre decía cuando el cansancio y el aburrimiento o la culpabilidad se apoderaban de ella y empezaba a hablar los ojos muy gran abiertos: que horror cuando nacisteis, fue lo peor que me ha ocurrido, tú sobre todo, la primera, casi me matas; y sus ojos brillaban de un fulgor doloroso que era como un rayo de fuego sobre este pasado que ella no aceptaba, esta experiencia que ella no aceptaba, rechazada, quizás toda su vida también y con mucha rabia, aunque mi madre creo nunca supo a que punto la rabia era de lo que ella hablaba. La rabia. Mi hermana y yo, quietas, escuchábamos procurando visualizar el dolor, entonces creíamos que se trataba sobre todo de dolor, un dolor físico, un dolor palpable, entendible. Pero ¿cómo visualizar el dolor de una madre que te lleva al mundo? ¿Cómo visualizar, sentir, vivir el sufrimiento de una madre que te da la vida, que te nace? Nos mirábamos de vez en cuando mi hermana y yo, inquietas. Yo siempre me preguntaba el por que mi madre nos hablaba de todo esto, y siempre, siempre quise escuchar lo que ella no decía, siempre atenta a las palabras que no se pronunciaban. Oyendo esta rabia que era también mi rabia y que ha sido siempre mi rabia. Pero aún así, con mucha atención, no sabía nunca del fondo de la vida de mi madre. Nunca se sabe a fondo la vida de los otros.

Tampoco estoy muy segura sobre la entidad llamada Juan, mi esposo. Pienso en Juan, que he dejado en la casa y estoy convencida que mi ausencia no le está causando ninguna preocupación alguna, que me he ido pero que todo sigue igual, que yo no esté es como si yo estuviese, o al revés. Y sin embargo no estoy segura que todo esto sea cierto, esta idea de Juan en casa solo, entre sus libros y sus papeles de Universidad, esta idea fija que me he hecho de él durante estos años, ya muchos, de convivencia. En realidad no estoy segura de nada. Una cosa es cierta, verdadera, inteligible: esta carretera que se abre enfrente de mi como un gran abrazo y el paisaje que la bordea, árboles de todos los colores, amarillo, zafrán, naranja oscuro, verde, lila, azul, casi azul a veces. Es otoño aquí ya, en el Vermont. La atmósfera huele a madera, a tierra húmeda, a chimenea. A veces me paro en tiendas que hay en el borde del camino, pequeñas tiendas al estilo Nueva Inglaterra dónde una puede encontrar de todo: muebles de buena calidad, ropa, souvenirs de todo tipo, comida: miel, mermeladas típicas de la región, pasteles naturales, hechos con avena y pasas, fruta, quesos saborosos...

Siempre me ha gustado mucho conducir, me siento segura, fuerte, valiente y adulta. Y sobre todo me siento en control de mi vida. Pero solo conduciendo. En la vida no soy así. Mi vida es un camino de inseguridades, de miedos, de dudas. O almenos es así como me parece que es. Tampoco estoy segura de ello.

Es para recordar a mi madre que he vuelto aquí, en esta región tan bella. Hace diez años que mi madre murió y he querido hacer este viaje sola y también lo he querido hacer para decidir sobre mi relación con Juan. Reflexionar sobre mi madre, sobre su vida y su rabia y sobre mi vida y mi rabia. Todo va tan unido, la rabia de los padres con la nuestra.

Madre, pienso. Cuantos caminos hemos tomado para no parecernos a ti, para separarnos de ti, para convencernos de que éramos diferentes. Cuando decías, por ejemplo, que nos teníamos que casar vírgenes y que nos teníamos que casar con un hombre rico. Quizás todas las madres proyectan. El caso es que yo no me casé ni virgen ni con un hombre rico. Y antes de casarme tuve tantos amantes que un día paré de contarlos. Pero esto no me hacía diferente de ti, ni mucho menos.

O alomejor fui así para compensar tu sequedad, tu frialdad.
No sé.

Aquí, en esta región del norte del Vermont, cerca de Burlington, he alquilado una habitación en un hotel. Hace muchos años vinimos juntas tú y yo y Juan también estaba con nosotras, era otoño y aquí entendí por primera vez tu gran soledad, espejo de la mía. Los reproches continuaron, siempre es así, las hijas no paramos de reprochar a las madres nuestros errores. Continuaron hasta tu muerte, en un hospital de Barcelona. ¿Acaso no hay escapatoria alguna? ¿Seré siempre una continuación de lo que fuiste? La rabia, tu mirada sobre la vida y los hombres, me han hecho y creado, la rabia la tengo entre el tejido de mi piel, es inseparable de mis células, está en mi sangre. Quizás y ya a lo lejos percibo el techo rojo del hotel, quizás no es suficiente entender la rabia. No sé. Tu vida fue un misterio. Pero ya pronto entraré en una habitación tan parecida a la que alquilamos hace muchos años, encenderé un fuego en la chimenea y te volveré a ver, tu perfil serio y triste volveré a mirar y otra vez sentiré que la vida de los otros siempre es una ilusión sin salida.

viernes, 25 de julio de 2008

Fulgor y opacidad

Y si la vida fuese otra que este cuadro de luces y sonidos y casi para mi indiferente: la familia un sábado de un día de verano muy pegajoso, si, la vida, mi vida fuese otro sistema que ellos hablando y ya todos tan diferentes o tan iguales, que es lo mismo después de todo, riendo pero las risas ya no son aquellas cristalinas y amarillas y que me sonaban como campanitas alegres, la vida otro cuadro que nosotros esperando impacientemente y a la vez aburridamente al notario, el señor Jiménez, otra forma que ellos riendo, charlando de tantas cosas y de nada, bebiendo y comiendo estas patatas insalubres, las niñas jugando en alguna parte del largo piso de la abuela, este verano tan extraño ha dicho mi tía Rita, la más animada ya que siempre lleva en su inmenso bolso dos o tres cigarrillos de Mary, pelirroja y ojos verdosos, es el cambio climático asegura muy segura de ella misma y es normal tiene 17 años, Idela, la hija de Richard y Richard ya se ha bebido dos vasos de vodka , ya que mi vida siempre ha sido otra de ellos, mi familia, este camino impenetrable, este bosque oscuro, espeso, repulsivo y entrañable a la vez, imposible por momentos la diferenciación en este nido de víboras y de ecos silenciosos, mi mirada pasa sobre ellos, desconocidos ya que mi vida es otra cosa, otra que Mariana que está tomando fotos para un futuro tan incierto, o de tía Quimeta que sigue tan parecida a Anna Magnani, mi vida en otro lugar, como siempre creo que ha sido, los años han pasado como una brisa, más bien en una racha que a ratos me parece inverosímil, y todos de nuevo aquí reunidos y separados a la vez pues la vida separa y une, me concentro mentalmente para no chillar en la ultima pagina que he escrito esta misma mañana, una pagina sin sentido porque es difícil encontrar una trama a la soledad de mi amiga Virginia, amiga de toda la vida desde el día en que fueron a parar entre mis manos ansiosas sus diarios y sus cartas, eres más real que todo esto, pienso.

Toma.

Richard, su gentileza y su candor menos mal de Richard que me ofrece una Camel, en su ojos siempre esta dulzura azul, hace muchísimos años, pero no tantos después de todo, sobre una arena ocre canté también estas palabras, dulzura azul contemplando el mar de aquel mes de mis treinta años, dulzura azul y supe que su piel se había estremecido, no sé como pero lo supe y el notario, asegura mi hermana haciendo bailar sus dedos de pianista sobre su pelo castaño, me ha dicho que será una sorpresa para todos, pero yo apenas escucho a mi hermana sobre todo después de que ella decidió un día no oírme más, y es que Virginia, mi tesis sobre Virginia Woolf y el placer o la desdicha de la soledad, también aquella tarde Richard me había ofrecido una Camel amargamente deliciosa mientras desgarrábamos el mundo entero con sus heridas y sus maravillas, el señor Jiménez no me importa ni tampoco el testamento del tío Victor, el amante de princesas venezolanas, y entonces qué había preguntado Richard, pues nada contesté, solo esta playa donde la luz poco a poco va profundizándose y tornándose lavanda en algunos rasgos del cielo y también esta dulzura azul y mis perros y mis gatos y mi tortuga Sarah y ya, en aquellos años, Virginia en su soledad bañada de partículas y átomos inconmensurables, y no dije siempre tú, tus ojos de una cordialidad y ternura marina, espacio de calma añil, en esta tu mirada que busco caminando en los bosques y el campo y que se transforma, esta tu mirada, en la que poso sobre Virginia escribiendo sus diarios y sus cartas, aquí de nuevo reunidos esperando pero ya faltan tantos, padres y madres, tíos y tías, algunos primos, aquí, esperando a que el señor Jiménez llegue para leernos el testamento del tío Victor.

lunes, 12 de mayo de 2008

La Estepa

Con cariño para Joaquín, en recuerdo de aquella estepa.



Mi madre se ha ido y yo hice el amor con Igor. La vida es así: extraña, sincrética, mágica, sincrónica.

Ella se ha ido y me ha dejado sola. Las madres siempre acaban por irse, por abandonarnos, vuelan con alas de mariposa y se van, tienen que emprender su último recorrido. Y nosotras, sus hijas, tenemos que seguir caminando en el que nos toca.

Llovía el día que se fue y sobre el viejo Toyota de Igor las gotas resbalaban como espesas perlas. En el asiento de atrás, al lado de mi hermano, yo hablaba de mi madre caminando en el viejo Barcelona, ella que quería tanto la ciudad condal. Me la imaginaba sola, feliz, alegre, respirando hondo. Igor conducía en silencio mirándome de vez en cuando por el retrovisor. Los rusos, algunos, saben lo que es andar sobre su tierra amada, la tierra que uno deja y la que uno vuelve a encontrar.

Yo no sabia que iba a hacer el amor con Igor, yo solo sabia que mi madre se había alejado de mí, que había perdido un pilar, una fuente. ¿Qué haría yo sin ella? Me acordaba de su pelo gris, de plata, de sus manos con los dedos muy largos y estilizados, estas manos que me habían abierto tantas puertas, y dado tantas llaves. Y de su voz, oscura y suave a la vez, como la mía. De su perfil fino, serio, misterioso.

Llovía, con suavidad sobre el coche, sobre la ciudad, sobre la tierra. Yo no sabia que mas tarde, al anochecer, Igor me haría el amor, que de repente descubriría en su cuerpo de viejo oso sabio lo que era la Estepa interior, la mía, la suya, la del cosmos. Y que yo iría en ella, Estepa amada. No sabía que Igor me cogería con fuerza mostrándome su alma de caballo, dueño de este inmenso espacio salvaje que vivía en su corazón, en el mío, en el de todos.

Y tampoco sabía que mi madre me había dejado libre, finalmente, en medio de un bosque ocre, espeso y profundo.

Aquella noche, en la ancha cama, Igor habló y yo oí en su voz el viento sobre mi piel. Mi cuerpo fue tronco de árbol que él acarició con cariño, y taiga mi pelo que sus dedos buscaron como si mi cabellera fuese un campo en la noche. Y oí los gemidos de todas las hembras de aquella estepa salvaje…Las oí en medio de una tempestad de colores, las oí esperando, rociadas, sudadas, sobre la hierba dorada, las oí en medio del horizonte amable, inmenso, vientre calido...

Hija mía, había dicho madre, hija, sonríe. Sonríe que la vida es muy fuerte.

Eso me dijo mi madre al irse y cuando se volvió por última vez yo le sonreí. La misma sonrisa que ofrecí a Igor la mañana siguiente.

- ¿Cómo estas Igor Ivanhovich?

- Ah… Petrouschka querida, ¿Cómo me voy a sentir? Feliz, feliz, como cuando estoy en mi estepa querida.

Aquella noche yo sé que no lo entendí todo pero supe que yo ya no sería la misma, supe que había encontrado una llave, la de la abertura interior, otra.

Más tarde también miré por la ventana el amanecer abrirse mientras tomaba un té con nombre muy bonito, “Sol de Espigas”. Igor dormía y yo oía su respiración tranquila, de oso bueno. Era una mañana muy suave que se levantaba, muy cariñosa y tierna.